Tuve el privilegio durante mi estadía en Oxford de conocer al brillante y encantador académico Lord David Cecil, miembro de una de las grandes dinastías políticas e intelectuales inglesas. Sus talentos eran múltiples: crítico literario, profesor y, por sobre todo, uno de los mejores biógrafos, en general de personajes del siglo XIX. La vida de Lord Melbourne, primer ministro de la Reina Victoria, es, a mi juicio, el epítome de una gran biografía, porque no solo es históricamente rigurosa, sino también escrita en forma bella y profundamente humana.
Tenía la costumbre de recibir en su jardín, sobre todo en primavera y verano, a un grupo de alumnos y profesores los días domingo a las 12 para una copa de jerez y buena conversación. Un día, con una mezcla de dolor y de sorpresa, me comentaba la falta de aprecio por la institución matrimonial. No lo puedo entender, decía, “because marriage enhances all pleasures and diminishes all pain” (porque el matrimonio intensifica todos los placeres y disminuye todos los dolores). Y es así: un jardín de rosas de todos los colores, unas perfumadas, otras no, y todas con espinas que pueden ser muy dolorosas también. Pero en el último análisis significa la posibilidad de ser la persona más importante para otro y con suerte producir una simbiosis en que tú eres yo y yo soy tú. Y esto es así hasta que se cumple ese mandato radical de que ello solo dura “hasta que la muerte nos separa”. Y ahí, el que sobrevive queda en una absoluta intemperie de desolación.
El matrimonio es una institución antigua que responde a múltiples necesidades, biológicas, económicas, religiosas, sociales y políticas. En sus inicios no se trataba de una relación afectiva, aunque esta podía desarrollarse en el tiempo, sino que era impulsada por los imperativos que impone la crianza prolongada de los hijos, la necesidad de cooperación económica, la regulación de la sexualidad y la transmisión de bienes y de la propiedad. En suma, se trata de un acuerdo de la colectividad más que la decisión libre y privada de dos individuos.
A partir del siglo XVIII, con la creación del individuo libre y de la separación entre los espacios públicos y privados, el matrimonio comienza a exigir el amor como elemento fundante esencial. Pero los sentimientos y el amor que, por definición, pueden ser efímeros, si no van acompañados del compromiso y de una decisión inquebrantable de sacrificar algo, y a veces mucho, por la estabilidad familiar, son una base frágil para una unión perdurable.
De esta unión larga en el tiempo nace, incluso cuando el matrimonio fracasa, el cemento más potente e indestructible, que es el surgimiento de esas personas que son la sangre de nuestra sangre. Y esta sangre de nuestra sangre se reproduce en la nueva generación de los hijos de nuestros hijos: esos nietos que al nacer, cuando los abuelos ya estamos en el otoño, y a veces en el invierno de nuestras vidas, nos devuelven e intensifican las ganas de vivir y desatan un amor sin límites ni comparación. Y es por eso que la muerte prematura de una nieta nos sume en una devastación de la cual nos parece imposible emerger. Más aún si, como en el caso de mi niña Violeta, tras tres años de lucha contra el ensañamiento del cáncer, valiente, resiliente y corajuda, finalmente, su belleza, su inteligencia excepcional, su bondad, su generosidad, sus planes, sus proyectos, sus sueños, sus promesas que mejorarían la humanidad, su amor, su amistad y todos sus dones y virtudes, quedan atrapados en un cuerpo que ya no puede responder. Y el dolor es indescriptible, es incomprensible y la verdad es que para muchos no hay, y posiblemente no habrá jamás, consolación. Incluso a algunos de nosotros, los creyentes, se nos desdibuja ese Dios misericordioso que es la esencia de nuestra fe y que, con el tiempo y mucha voluntad, esperamos recuperar.