Es notable la primera encíclica de León XIV. No se requiere ser creyente para apreciarla y sentirse interpelado por algunas de las ideas que en ella se contienen.
Pero bien leída, la encíclica no versa tanto sobre la inteligencia artificial (IA) como sobre la ideología que le subyace, la ideología de la técnica.
Desde luego León XIV —al revés de lo que se suele leer u oír— de algún modo desmitifica la IA. Llama la atención acerca del hecho de que la inteligencia artificial no es propiamente inteligencia. Y no lo es porque carece de mundo. Un mundo es un horizonte de sentido en cuyo interior se organiza la experiencia. El conjunto de las cosas existentes no es así un mero agregado o una simple yuxtaposición de cosas que pudieren ser sumadas o calculadas, sino que ellas se organizan en torno a un proyecto vital que las jerarquiza y en torno al cual adquieren sentido e importancia. Las cosas del mundo se ensombrecen o iluminan según un estado de ánimo, un temple podríamos decir, que le confiere el ser humano. La inteligencia artificial no es capaz de poseer ese proyecto vital y por lo mismo carece en sentido estricto de experiencia.
Tampoco la inteligencia artificial habla.
Para hablar un lenguaje y referirnos con él al mundo, es necesario tener la intencionalidad de hacerlo. Por eso si bien es conceptual y físicamente posible que un simio tecleando un ordenador al azar por un tiempo suficientemente largo produzca un texto que coincida con las primeras páginas del Quijote, no diríamos que él lo escribió, de la misma forma que si una hormiga traza una línea en la arena que coincide con el rostro de W. Churchill, no diríamos que la hormiga dibujó a W. Churchill. Lo que ocurre es que en el primer caso es necesario que se haya imaginado el texto, y en el segundo, que se haya visto o experimentado a Churchill.
Ahora bien, como las máquinas no poseen intencionalidad, podemos decir que ellas no tienen competencia lingüística.
Tampoco las máquinas pueden captar o comprender el nivel ilocutivo o ilocucionario de un acto de habla, que es de donde surge su significado. Al decir ¡Fuego! puedo ejecutar el acto de dar una alarma (¡hay un incendio!), llamar a los bomberos, describir un acto apasionado, etcétera. Todo este nivel ilocutivo descansa en un nivel prejudicativo, un silencio compartido que subyace al lenguaje (Ortega decía por eso que “dóciles al prejuicio inveterado de que hablando nos entendemos, nos desencontramos mucho más que si, mudos, procurásemos adivinarnos”). Es lo que quiso decir Wittgenstein cuando aseveró que hablar un lenguaje era “compartir una forma de vida”. El nivel ilocucionario del lenguaje es así la riqueza del acto de habla y a la vez el límite insalvable de la inteligencia artificial.
No es entonces —y esto es lo que León XIV asevera— la inteligencia artificial el problema, sino la mentalidad técnica, la creencia de que basta poder hacer algo para que se lo deba ejecutar, suprimiendo entonces la distancia entre el plano de lo que es posible, por una parte, de lo que es debido, por la otra.
Y ese es el problema.
Porque un ámbito propiamente humano que la ideología tecnocrática amenaza y arriesga corroer, es el de la experiencia ética. El individuo humano es el único que posee ese tipo de experiencia. Ella consiste en buscar asentimiento racional para lo que desea hacer. En otras palabras, los seres humanos tenemos la posibilidad de tomar distancia de lo que queremos o podemos hacer, preguntándonos si es debido hacerlo. Esa distancia entre lo que es técnicamente posible y lo que es éticamente correcto configura un aspecto esencial de la condición humana que hoy, hechizados por la técnica, se arriesga el peligro de olvidar.
La cultura humana establece una discontinuidad entre lo que se puede hacer y lo que se debe. La mentalidad técnica, en cambio, reduce todo a simple facticidad, suprimiendo la distancia reflexiva frente a los hechos. Pero —lo dijo Husserl en los años treinta, cuando escribió sobre la crisis de las ciencias— “una ciencia de hechos solo puede producir hombres de hecho”.