No falta en la sobremesa de la vida familiar o social quien se considera habilitado para pontificar sobre este mundo y el otro y, en particular, sobre el actual gobierno.
Con arrebatos de elocuencia decimonónica, el criticón se explaya sobre los defectos de los gobernantes, sobre los errores cometidos, recuerda que él los advirtió, y vaticina que aún falta lo peor si, de una vez por todas, no se le hace caso. Ciertamente, el sujeto está ejerciendo su derecho a la crítica, pero, por supuesto, no está en ánimo de cumplir con ningún deber.
Cuando se le pregunta algo así como, ¿y tú que estás aportando en este escenario?, aparece en la respuesta del criticón el socialista que hasta los derechistas más consolidados podemos llevar dentro. Sí, porque buena parte de quienes abominan del socialismo, de su gigantismo estatal, de su tendencia al clientelismo mediante los bonos, etc., no son capaces de reconocer que en su pretensión de que el Gobierno les solucione todo, simplemente han sido capturados y derrotados por la mentalidad socialista.
Enfrentado a la pregunta referida, el sabelotodo se defiende habitualmente con tres muy buenos argumentos. El primero: “Ellos se presentaron como candidatos y yo voté por ellos para que hagan la pega; es su responsabilidad”; el segundo: “Pago mis impuestos para que puedan cumplir sus promesas de campaña”, y, finalmente, “como ciudadano tengo derecho a opinar y a criticarlos: estamos en democracia”.
Sin darse muy bien cuenta, el criticón —ya algo incómodo porque no se le está oyendo con reverencia y no se está haciendo genuflexión ante su sabiduría— ha abierto el camino de su derrota en la discusión. “Como ciudadano”, ha dicho, dejando la mesa servida para que se le pregunte si esa calidad la ejerce solo cuando vota y critica, o está dispuesto a desarrollar otras tareas, a cumplir con ciertos deberes, a reconocer que la ciudadanía es una cualificación personal y no una vestimenta de quita y pon.
El problema está justamente ahí: un gobierno puede empeñarse a fondo y acertar con frecuencia, puede llegar incluso a exhibir números notables en casi todo, pero… y si eso lo hubiese conseguido desde las alturas, sin el amarre indispensable de la participación ciudadana… ¿se habría construido un auténtico dique contra la tentación socialista? Por supuesto que no. Los no-ciudadanos, los administrados (¡qué palabra más típicamente socialista, me hacía notar un exalumno pocos días atrás!) se habrían beneficiado de una gran gestión, incluso acompañada de un relato de categoría, pero habrían consolidado una mentalidad de borregos, esa que Tocqueville describía magistralmente hace 190 años como “un rebaño de animales tímidos e industriosos, cuyo pastor es el gobernante”. Paradoja completa: que pudiera haber en la derecha quienes creyesen que el buen gobierno no necesita buenos ciudadanos, sino dóciles administrados.
Un gobierno que prescindiera de los ciudadanos terminaría siendo tan inútil y perjudicial como un conjunto de ciudadanos firmemente empeñados en vivir sin gobierno. El socialismo —bajo cualquiera de sus formas— y la anarquía —en su más pura expresión de caos— terminan pareciéndose en que desaparece la vinculación política fundamental, la que debe existir entre poder y participación.
El Presidente Kast ha tomado medidas determinantes en los últimos días. Tiene una convicción sobre cómo gobernar. Pero y nosotros, los ciudadanos de a pie, ¿no tenemos acaso que preguntarnos también qué cambios debemos hacer en nuestra actitud cívica, ojalá convencidos de que no basta —nunca ha sido suficiente— con votar y criticar?