Arribando a Beijing, Vladimir Putin fue recibido por Xi Jinping con la pompa y ceremonia calcadas de la bienvenida a Donald Trump. Es probable que Xi haya querido enviar una señal a Moscú de que no lo sacrificaría como aliado en caso (improbable) de acuerdo general con Washington.
Habría que destacar otro aspecto. Miradas las cosas desde Beijing, Trump venía del este; Putin, del oeste; ambos convergieron en un punto. Es un cuadro que calza maravillosamente con una visión arraigada por milenios en China, uno de los tantos aspectos donde el liderato actual de Beijing quiere cimentarse más en la tradición imperial antes que en el pasado comunista. Se hizo honor a un nombre clásico que refleja una profunda mirada autocomplaciente de sí misma: el “imperio del medio”, es decir, del centro de la tierra; todos los otros son periféricos. Era doctrina no escrita aunque muy vocal a lo largo de la historia del imperio, incluso con raíces anteriores. El resto de las naciones o pueblos con los que se relacionaban eran considerados como tributarios o “suzeranos”, es decir, vasallos, situación relativamente común a lo largo de la historia. Los enviados a la corte imperial debían prosternarse ante el emperador, arrojados de cuerpo entero al suelo, en señal de sumisión. Refleja una mentalidad de imperio universal.
El surgimiento de China como uno de los dos colosos globales se inscribe en una sucesión de potencias que aspiran al liderazgo o hasta hegemonía, como la aparición de la Alemania imperial en el último tercio del XIX; de EE.UU., desde el 1900, y de la URSS, desde 1945 hasta fines de los 1980. Desde entonces, es el cuarto caso en que una nueva gran potencia se propone reordenar el orden mundial, aunque no pueda dominarlo ni mucho menos.
China solo representa un poder, en ningún caso una creencia universal. Demostró —al igual que Japón desde hace siglo y medio— que existe la capacidad de modernización socioeconómica más allá de su núcleo de origen. La China actual surge del asumir los retos de identidad surgidos en Occidente, y continuará siendo una superpotencia, estatus al que arribó en el siglo XXI. ¿Será el advenimiento del siglo o milenio chino? Este juicio presupone la decadencia de EE.UU. y de Occidente, la doctrina oficial del Estado chino de nuestros días.
En la historia humana no hay leyes, solo tendencias. Así como China se renovó (como Japón, Corea del Sur, Taiwán) asumiendo rasgos de la modernidad, EE.UU. tiene además su cuasi simbiosis con una civilización universal y es el más poderoso emisor de la cultura de masas global. Si es que supera la coyuntura actual, tal cual lo hizo con la guerra civil en el XIX y la Gran Depresión de los 1930, puede permanecer como contención y atracción, el par de presiones que lo hicieron preeminente en la historia global.
En cuanto a China, aparte de su pasmosa transformación económica —con el apoyo irrestricto del gobierno—, por casi medio siglo, a la economía de mercado, se caracteriza por la afirmación de un sistema autoritario (dictadura en buen romance), que ya no da signos de evolucionar hacia una democracia, sistemas muy extendidos en los siglos XX y XXI. Aunque ahora no hay muchos indicios palpables, no se puede descartar una evolución política liberalizadora en un distante futuro. Lo que sí tiene fuerza es su intenso nacionalismo, que la asemeja con la Alemania imperial de fines del XIX, dos casos típicos de buscar ser reconocidas en su “puesto bajo el sol”, reflejo imaginario de potencial alcance desestabilizador, un ego acicateado por antiguas heridas reales o fantasiosas, a pesar de su notorio éxito de poder duro de un gran Estado.