Pocos han explicado mejor que Pablo Iglesias —el líder histórico de Podemos— la estrecha relación de la izquierda latinoamericana con el hoy imputado por la justicia José Luis Rodríguez Zapatero. Para Iglesias, la reciente y comentada “cumbre de Barcelona” —la serie de reuniones que convocaron en esa ciudad a la élite del “progresismo” internacional y, en particular, de nuestra región— fue una “obra” del exgobernante. A la influencia de este, Iglesias no solo le atribuye el “giro a la izquierda” del actual Presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, sino también haber conseguido que la izquierda de América Latina, incluidos sectores que antes veían como su socio natural a Podemos, hoy se alinee con Sánchez.
En efecto, tras salir del gobierno en 2011, Zapatero construyó una densa red de relaciones en la región. Pero a diferencia de su correligionario Felipe González, que años antes había promovido un socialismo moderno, transformándose en referente para un Ricardo Lagos o un Fernando Henrique Cardoso, Zapatero se vinculó con líderes situados a la izquierda de esos nombres, como Lula, Bachelet o Petro, y también con rostros del eje bolivariano, incluidos los hermanos Delcy y Jorge Rodríguez, que le abrieron las puertas (y los negocios) de Venezuela. En el caso de Chile, a los tradicionales lazos entre el PS y el socialismo español, sumó a otros sectores, desde ME-O al frenteamplismo. Por eso, no fue raro que el Presidente Boric lo incluyera entre los oradores del acto celebrado en Madrid en 2023, para conmemorar los 50 años del golpe de Estado (mismo encuentro en que se condecoró al exjuez Baltasar Garzón).
La cumbre de Barcelona pudo ser la coronación de todo ese esfuerzo. En medio de discursos rebosantes de superioridad moral, con un Sánchez elevado a la categoría de líder mundial de la izquierda —y con varias figuras haciendo guiños a la candidatura de Michelle Bachelet a la ONU—, Zapatero la calificó como “la cumbre progresista más importante de este siglo” y auguró el inicio de un nuevo ciclo mundial favorable a su sector político. No dejó de llamar a la unidad de América Latina ni, por cierto, de arremeter contra Donald Trump y la derecha. Del régimen venezolano, en cambio, nada dijo.
Un mes después, tales palabras adquieren otro cariz. Porque precisamente lo que hoy investiga la justicia española es hasta qué punto esa red que Zapatero construyó en nombre del progresismo no terminó siendo un entramado que operó en beneficio del más aborrecible de los lucros: aquel que se consigue a partir de la corrupción. El exgobernante tiene el derecho a la presunción de inocencia, pero eso no exime a la izquierda latinoamericana —y también a la chilena— de la necesidad de hacer una revisión crítica del discurso y de la relación que establecieron con él, si no quieren ser arrastrados por su caída.