Desde 2022, cuando la tasa de homicidios en Chile alcanzó un umbral de 6,7 por cada 100 mil habitantes, la clase política y sus think tank partidarios, eficaces proveedores de discursos ad hoc, han puesto sobre la mesa un conjunto de relatos que, por su simpleza y reiteración, han devenido en cantinela que, aunque insuficiente, convence.
Que el poder de fuego por sí solo, que la mano dura, que las oportunidades mal repartidas o que la frágil sanción. Estribillo enérgico, pero insustancial si se trata de abordar con responsabilidad el fenómeno híper complejo de la violencia, ya sea en sus vertientes racional (instrumental y planificada) o de ferocidad desbordada en los términos de Randall Collins, en su notable “Violence: A Micro-sociological Theory”. Lamentablemente, la estructura sencilla del estribillo resulta insuficiente.
La historia económica como disciplina que, con limitaciones, estudia estructuras y procesos de larga duración, se ha preguntado por qué, pese a los avances tecnológicos e institucionales, solo algunas sociedades han logrado pacificarse al punto de convertir el homicidio en un acto raro y repugnante, mientras que otras han naturalizado niveles de violencia comparables con los que tenía Europa en el medioevo (Eisner, “Modernization, Self-Control and Lethal Violence: The Long-Term Dynamics of European Homicide Rates in Theoretical Perspective).
Un ejemplo ilustrativo lo ofreció el historiador estadounidense Eric Monkkonen, en su influyente artículo de 2006, “Homicide: Explaining America's Exceptionalism”. Su trabajo refutó suposiciones y se preguntó por qué mientras el homicidio descendió rápidamente en Europa Occidental de la mano de la modernización, Estados Unidos no siguió esa tendencia. Mientras la tasa de homicidios en Nueva York antes de 1850 fue de 5 por cada 100 mil habitantes, entre 1850 y 2000 fue de 10. En Europa occidental, pasó de 2,7 a 2,1.
La evidencia que reconstruyó Monkkonen indica que el poder de fuego de los civiles en Estados Unidos podría haber sido incluso mayor antes de 1850 —el 60% de los hogares tenía armas, la mayoría de caza—, mucho más que el 39% de entre 1850 y 2000, cuando comenzaron a prevalecer las armas cortas y las tasas de homicidio crecieron. ¿Cuál es el factor, entonces? ¿El poder de fuego de las armas o su uso? ¿Y si fuera cierto que, en determinadas comunidades, el comportamiento violento se glorifica y así se van minimizando las inhibiciones?
¿Es la severidad del castigo, entonces, el factor clave? Dudoso. Más allá de enmiendas y moratorias, la pena capital en Estados Unidos rige en 27 estados, toda una anomalía si se compara con la “permisiva” Europa occidental y sus ridículas tasas de homicidio de 0,88 por cada 100.000 habitantes.
¿No sabemos nada? Poco, pero tenemos algunas preguntas. En 2025, bajo la dirección del doctor Manuel Llorca-Jaña, investigamos la evolución de las tasas de homicidios para Chile entre 1985 y 2021 a nivel comunal y, con los mejorables datos que construimos, observamos algunas cosas que podrían servir: Aunque a nivel nacional la violencia disminuyó en el período analizado, la brecha que separa a comunas ricas y pobres, creció. Clara desigualdad ante la muerte violenta.
Mientras la tasa de homicidios a nivel nacional en 2021 fue de 4,7 por cada 100 mil habitantes —lejísimos de los 25 homicidios por 100 mil habitantes de principios del siglo XX que capturaron Riveros y Llorca-Jaña en 2022—, seis de las 10 comunas más violentas de 2021 figuraban en igual condición en 1987.
De alguna forma, la violencia en determinadas comunas se tornó crónica, al punto que, en su porfía, sirve para desafiar narrativas simples que atribuyen las dinámicas del homicidio en Chile a razones económicas circunstanciales, a la desorganización social asociada a la crisis migratoria o a políticas públicas puntuales mal diseñadas.
La explicación que ha dominado las ciencias sociales es que la pobreza y la desigualdad son determinantes. Se trata de una narrativa útil, pero también incompleta: con altos y bajos, Chile redujo sus niveles de desigualdad de ingresos en las décadas recientes y, sin embargo, la brecha de violencia que separa a comunas acomodadas respecto de las pobres se amplió.
¿Si no son las armas de fuego —una piedra basta para matar— y no es la severidad del castigo, qué es? Tal vez, la frágil adhesión a las normas. Tal como enseñaba el venerable Émile Durkheim: Para que los asesinos desaparezcan es preciso que el horror de la sangre derramada aumente en esas capas de la sociedad donde surgen.