Smiljan Radic recibió el Premio Pritzker de arquitectura 2026, el reconocimiento más importante que puede recibir un arquitecto en el plano internacional. No tengo la competencia para referirme a su obra, pero recomiendo la fundamentación que el jurado elaboró. Recientemente se llevó a cabo la ceremonia oficial de recepción del premio en México y en esa oportunidad Radic leyó un discurso que dejó a todos pasmados (hay versiones en la revista AD y el diario El Mostrador). Recomiendo saborearlo.
El discurso es notable por varias razones. La primera, que ya daría para quedarse, es su tono marcadamente poético, cualidad que salta de suyo a quien lo lee. Radic, en efecto, elabora imágenes muy hermosas en las que brillan figuras de la poética, entre ellas numerosas metáforas.
Radic demuestra ser un gran viajero y su discurso puede leerse como una apología del viaje antes de la masificación del turismo. El viajero tiene una experiencia del lugar visitado, singular y concreta, que se traduce en imágenes de gran densidad material y a la vez de luminosa espiritualidad.
Lo que más me sorprende es que en vez de hacer una reflexión general —como la que intento hacer yo aquí— opta por dar las gracias. El discurso de Smiljan Radic es una letanía de agradecimientos, una suerte de cuentas de un larguísimo rosario. Es conmovedor pensar que todas esas experiencias, las cuales cuajaron en imágenes precisas y sofisticadas, concurrieron a su formación como arquitecto.
El filósofo alemán Martin Heidegger establece un parentesco entre pensar y agradecer, que resulta acá pertinente. Agradecer no es simplemente decir “gracias” por un favor recibido. Es guardar en el corazón lo que se nos ha dado. Heidegger dice que el pensamiento verdadero es ese gesto: retener, custodiar, no olvidar.
Otro punto sobresaliente es el que se refiere al pensar poetizante. Pensar y poetizar son vecinos; se reclaman mutuamente sin ser lo mismo.
El pensamiento filosófico tiende a conceptos, a rigor. La poesía tiende a imágenes, a resonancias.
Pero ambos, cuando son auténticos, hacen lo mismo en el fondo: escuchan antes de hablar. No imponen una estructura sobre la realidad. Se quedan quietos hasta que algo se muestra.
El pensar poetizante, entonces, es un pensamiento que no busca controlar su objeto sino habitarlo. Acepta que hay cosas que solo se pueden rozar, no definir. Sabe que una palabra bien elegida puede abrir más que un argumento. Es paciente, lento, dispuesto a no llegar a conclusiones. Es casi lo opuesto a un paper académico o a un algoritmo.
El discurso —en nada fácil— de Smiljan Radic roza estos asuntos esenciales, compareciendo con vigor en una época de vacuidad de sentidos.