Señor Director:
Santiago es apenas el 0,3% de la superficie de Chile, pero concentra el país completo. Un país que gobierna desde Santiago. Que juzga desde Santiago. Que emite moneda desde Santiago. Que transa acciones en Santiago.
Que enseña desde las universidades “nacionales” de Santiago. Que inspira desde los museos “nacionales” de Santiago. Que informa desde los medios “nacionales” de Santiago. Que opera sus vuelos internacionales desde Santiago. Que atiende su alta complejidad médica en Santiago.
Que ofrece transporte subterráneo solamente en Santiago. Que decide, desde Santiago, lo que el resto de Chile puede o no tener. Todo esto, a pesar de que el 60% de Chile no vivimos en Santiago.
El resultado es predecible: una capital con una fuerza gravitacional que absorbe todo lo que la rodea y crece sin descanso, habiendo superado hace años su capacidad en agua, aire, transporte y vivienda, rodeada de regiones a las que no se les da nada para competir.
Un círculo vicioso que se autorrefuerza, ya que, como dijo un amigo, siempre va a ser más rentable invertir primero en Santiago.
Santiago es demasiado bueno para su propio bien. Tan bueno que le ha ido chupando el oxígeno al resto del país y ahora es víctima de su éxito.
La pregunta no es cómo arreglar la capital más moderna y desarrollada de América Latina. Es cómo devolverle a Chile la posibilidad de existir fuera de ella. Esa pregunta se responderá en Santiago.
Leo Prieto
Frutillar