Las declaraciones del Presidente Kast cuestionando la utilidad de parte de la investigación científica generaron una reacción inmediata desde el mundo académico. Aunque algunas de esas críticas resultan simplificadoras, contienen una pregunta de fondo que vale la pena tomar en serio: ¿estamos utilizando bien los recursos destinados a la investigación?
Esa discusión no puede limitarse solo a cuánto y cómo Chile invierte en I+D (investigación y desarrollo). También debe considerar cómo está evolucionando aceleradamente el sistema global de producción científica. Investigaciones recientes muestran algo que ya se percibe en la academia: las revistas científicas están siendo inundadas masivamente por artículos generados o asistidos en su construcción por la inteligencia artificial, muchos de ellos orientados no a producir conocimiento relevante científicamente, sino a cumplir métricas de productividad. Aquí aparece nuevamente el antiguo fantasma en el mundo académico de publicar o perecer.
Herramientas tecnológicas capaces de generar artículos “publicables” en pocas horas, combinadas con revisiones automatizadas, están tensionando el sistema completo de publicación científica, dificultando distinguir investigación genuina de producción científica de apariencia rigurosa, sofisticada, pero finalmente sin valor real.
Este fenómeno tiene, además, una dimensión económica significativa, pero poco discutida. La publicación científica está migrando hacia modelos de acceso abierto, permitiendo que los artículos estén disponibles gratuitamente para los lectores. Sin embargo, los costos se han trasladado a los investigadores mediante los Article Processing Charges (APC). Hoy, publicar en ciertas revistas puede superar los US$ 10.000. Así, investigadores financiados con fondos públicos terminan pagando a grandes editoriales privadas para difundir sus propios resultados.
A esto se suma que los mecanismos de evaluación académica continúan premiando principalmente la cantidad y los indicadores bibliométricos por sobre la calidad. En Chile, la ANID evalúa la trayectoria científica fundamentalmente sobre la base de estos criterios. Algo similar ocurre con los parámetros utilizados por los rankings internacionales de universidades.
Ese modelo fue razonable en una época en que publicar era un proceso difícil, lento y costoso. Pero en un entorno donde la inteligencia artificial puede multiplicar exponencialmente la producción de artículos, esas métricas pierden capacidad para distinguir contribuciones realmente relevantes y de impacto.
La pregunta, entonces, no es solo cuánto invertir en ciencia, sino cómo asegurar que esos recursos generen valor real. Ello exige, por un lado, actualizar los sistemas de evaluación académica incorporando impacto científico, tecnológico y social, no solo el volumen de publicaciones. Por otro, debe definirse con claridad si la investigación financiada con fondos públicos debe orientarse exclusivamente a la frontera del conocimiento publicable, o también a resolver problemas concretos del país y construir capacidades de largo plazo. Ambas decisiones requieren mayor coordinación y una definición estratégica común entre los actores del ecosistema de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación (CTCI), que hoy operan con lógicas aún poco articuladas.
En un ecosistema donde la IA puede inflar sin límite la producción científica, situar la calidad, pertinencia e impacto real en el centro del debate deja de ser un ejercicio teórico. Se convierte en una condición básica para que cada peso invertido en I+D tenga sentido.
Javier Enrione
Vicerrector de Investigación Universidad de los Andes