“Todo va a estar bien”, prometió el Presidente Kast durante la campaña. Sin embargo, la noche del martes tuvo que hacer un cambio de gabinete abrupto y casi a regañadientes, reconociendo que “no era lo que tenía pensado para esta etapa”. La causa principal fue —y sigue siendo— la brecha entre las expectativas generadas y las promesas incumplidas.
Durante la campaña, el discurso fue claramente inflacionario. Se prometió una reactivación económica inmediata solo con un cambio de clima proinversión; el simple enunciado de un “plan implacable” sería suficiente para contrarrestar la inseguridad, y se garantizó la expulsión expedita de 300 mil inmigrantes irregulares. Además, se ofreció una administración de alta calidad, con un equipo muy capacitado y decidido, como lo simboliza el lema del “gobierno de emergencia”.
La frustración pronto se hizo evidente. Las palabras de ayer destinadas a alcanzar el poder han perdido fuerza ante la opinión pública. La aprobación del Presidente continúa en descenso (36%). La única tendencia al alza ha sido la de los precios. La inseguridad afectó incluso al ministerio responsable, lo que obligó a remover a su titular tras admitir que su cartera no contaba con un plan implacable (lo mismo piensa el 64% de la población). La promesa de expulsiones masivas fue minimizada por el propio Presidente, al describirla primero como una “metáfora” y luego como una “hipérbole”.
En cuanto al equipo de excelencia, la situación es aún más crítica: han existido tensiones internas, deficiencias en varias secretarías, un peso excesivo del “segundo piso” en detrimento de Interior y de Segpres, una vocería inestable, crisis en la comunicación y la falta de una coalición de partidos que respalde al Ejecutivo. Todo esto creó un vacío en la dirección. El cambio de gabinete lo confirma. Pero no lo soluciona. En vez de incorporar nuevo personal y sumar refuerzos, solo produjo un ajuste burocrático al interior del círculo cercano al Presidente.
Ahora surge una preocupación adicional: además de los errores en la formación inicial del gabinete, se advierte una inquietud creciente respecto del liderazgo presidencial. Carece de un relato coherente y no ofrece una visión estratégica. Esta queda en manos del equipo económico y se expresa mediante los argumentos fiscales y tributarios de Hacienda. El Ejecutivo lo apuesta todo a un proyecto legislativo misceláneo que representa otra promesa de dudosos efectos y suscita numerosas resistencias.
A poco más de dos meses de haber asumido el Gobierno, la verdadera emergencia parece desplazarse hacia La Moneda: las columnas que debían sostenerla —seguridad, crecimiento y deportación— están debilitadas, y el liderazgo presidencial no logra responder a las expectativas creadas.