La ejecutividad del Ejecutivo es un tema que podría animar muchas novelas. Se trata del espejismo de ver una realidad palpable donde no hay más que una idea para ordenar acciones primeras que, solo con el paso del tiempo y de la constancia, podrán generar realidades.
En 1939, el Ejecutivo propuso un plan para impulsar un desarrollo industrial sostenido que constituyera el cimiento de la grandeza nacional. En su proyecto expuso ideas, planes, desarrollos y convocó a instituciones que colaborarían. Era un sueño. Y casi al terminar se acordó de crear la institución que realizaría todo aquello. Era tanto el sueño, que casi se le olvidó crear la Corporación ejecutora. No se veía el encadenamiento sostenido de acciones requerido para su ejecución.
A partir de los años de 1930, y a lo largo de más de cuatro décadas, fue como el perro mordiéndose la cola. Comenzó de a poco mediante un superpoder nacido de un voluntarismo político que creó un Comisariato que suplantaría la acción de millones de personas, eludiendo el orden constitucional y su distribución de derechos y deberes. Tendría por objeto velar por la estabilidad de los precios imponiendo su autoritarismo para fijarlos. Así pasaron décadas en que solo se agravó el problema, llevando al extremo el envilecimiento de la moneda.
La ejecutividad es una forma de presentismo muy tentadora que ha afectado siempre al Ejecutivo, no importando las personas ni los partidos que se han sucedido en el gobierno del país. Incluso ha afectado a los que han luchado por desmontar el pernicioso estatismo que siempre favorece a los más vivos. Su inmediatismo tiende a soslayar el futuro que beneficiará a los niños de hoy y que mañana necesitarán incorporarse a la vida del país; a los que comienzan a ahorrar para lograr una casa en dos o tres décadas más; a los que sueñan con innovaciones que les abrirán horizontes de realización. Solo se enfatizan las ideas y el trasfondo técnico que las respaldan y se olvidan las personas.
Toda idea de renovación rompe con los esquemas a los que nos hemos ido acostumbrando imperceptiblemente. Pero, aunque se esté respaldado por la ciencia y la técnica, siempre es necesario convencer: compleja operación comunicacional para que otros se sumen con mística a lograr el objetivo deseado. Los acuerdos de cambalache en el Congreso son apenas una “finta” en el partido. Lo fundamental es lograr una legión de seguidores que respalden formando una mayoría que le dé solidez y permanencia al logro buscado.