Pese a nuestras diferencias políticas, sociales o culturales, debiera existir un mínimo común para convivir y cooperar. La cohesión nacional no es ausencia de conflicto, sino la capacidad de respetar las instituciones que permiten administrar esas tensiones. En Chile, sobre todo al acercarse el 21 de mayo, es bueno recordar los valores que nos legó Arturo Prat: sentirse parte de una patria y de un futuro común. Porque cuando la sociedad pierde el propósito común, la política se vuelve tribal.
La forma en que los países democráticos progresan es a través de valorar la cultura cívica. Es exigir que quienes gobiernan lo hagan con eficiencia y austeridad, y que la oposición ejerza la crítica con respeto y en forma propositiva. Una oposición seria no puede dedicarse a obstaculizar, sino a ofrecer medidas alternativas, para enriquecer el sano intercambio de ideas y siempre pensando en mejorar la República, la res pública (la cosa pública). Hay una gran diferencia entre la oposición destructiva que intenta frenar la marcha del país, y la oposición sensata y responsable, que fiscaliza y propone. Chile necesita superar años duros, con bajo crecimiento, alto desempleo, mafias que el país no conocía y polarización política. Solo con cooperación podremos recuperarnos.
La política consiste en lograr acuerdos razonables, no en imponer verdades absolutas. “We agree to disagree”, dicen los anglosajones, estamos de acuerdo en no estar de acuerdo; así discutir, disentir en forma civilizada, sin aceptar que grupos extremos frenen el libre intercambio de ideas y pretendan imponerse con violencia. Incluso las manifestaciones y protestas legítimas en una sociedad democrática deben respetar lo público, lo que es de todos, y lo privado, los derechos de los demás ciudadanos. Nada de esto es nuevo, pero es ignorado una y otra vez por pequeños grupos que alteran la discusión elevada, deshonrando así la democracia misma.
¿Cómo mantener a Chile cohesionado en tiempos de incertidumbre? Vivimos una era de inestabilidad geopolítica externa y de debilidad económica interna. Lo que no podemos olvidar es que Chile pertenece a la cultura occidental, cuyo máximo logro como civilización es el Estado de Derecho: este garantiza precisamente derechos inalienables de todos los gobernados frente al poder, pero, a la vez, implica el deber de cada persona de respetar la ley y las instituciones acordadas. Si no se enseña este elemental equilibrio entre derechos y deberes en cada familia, en cada colegio y en cada universidad, y sobre todo si no lo respetan algunos políticos exaltados, la cohesión social se debilita. Y perdemos todos.