Hoy asumo la Rectoría de la Universidad de Concepción con gratitud y responsabilidad. Que una mujer encabece por primera vez una de las universidades más prestigiosas de nuestro país en sus 107 años de historia es, sin duda, un hito institucional relevante. Pero un plantel completo y complejo no se mide por este tipo de hitos, sino por la magnitud de las tareas que asume. Y la nuestra es clara: relevar su rol público y ponerla en el centro de las grandes conversaciones del país.
La Universidad de Concepción nació como la primera de carácter regional y corrigió una insuficiencia histórica de Chile: la idea de que el conocimiento, la cultura y el desarrollo podían concentrarse solo en Santiago. Su fundación fue un acto de noble rebeldía, de soberanía intelectual y una decisión de futuro: instalar en el sur un plantel para pensar, investigar, enseñar y crear con autonomía. Nació también al alero de una tradición humanista, laica y profundamente comprometida con el pensamiento crítico, la búsqueda de la verdad y el desarrollo libre del espíritu.
La educación superior atraviesa un período de profundas interrogantes. Una de ellas es: ¿para qué sirve la universidad? Algunas respuestas apuntan al crecimiento económico, a la formación de capital humano avanzado o al impulso de la innovación tecnológica. Sin embargo, si reducimos su existencia únicamente a esa dimensión, corremos el riesgo de convertirla en un proveedor más de servicios, perdiendo aquello que la distingue de cualquier otra institución.
La pregunta decisiva que debemos hacernos es: ¿qué perdería la sociedad si la universidad dejara de existir como espacio de vida intelectual, crítica y creativa para convertirse únicamente en una plataforma de capacitación?
Perderíamos, ante todo, el lugar donde se generan preguntas que nadie más está obligado a formular, preguntas sobre el sentido de nuestra vida en común, sobre los límites éticos de la tecnología, sobre la justicia o sobre la memoria colectiva. Perderíamos el espacio donde todavía se aprende a diferenciar hechos de opiniones, a argumentar con rigor y a tener la honestidad intelectual para cambiar de idea ante evidencias más sólidas. Perderíamos, además, la riqueza de una comunidad intergeneracional en la que los jóvenes conviven con académicas y académicos que llevan décadas dedicados a una disciplina, lo que permite que el conocimiento no solo se transmita, sino que también se discuta y se renueve permanentemente.
Por eso, defender el valor de la universidad no es proteger privilegios, sino asegurar que la sociedad no se vuelva intelectualmente vulnerable ante los simplismos y las soluciones rápidas. Chile necesita planteles capaces de atraer, desarrollar y retener talento, generar evidencia científica y convertir conocimiento en soluciones a problemas complejos. En tiempos como los actuales, más que nunca necesitamos como país lugares que permitan el desarrollo libre del espíritu.
Sin embargo, el país todavía invierte poco en investigación y desarrollo: apenas un 0,4% del PIB va a I+D, muy lejos del 2,7% promedio de la OCDE. Y esa distancia es una brecha de futuro. Los países que innovan no improvisan, trabajan colaborativamente con la academia; generan conocimiento, sostienen capacidades y toman decisiones con evidencia científica y especializada. En ese contexto, nuestra universidad tiene experiencia, trayectoria y una responsabilidad especial.
Por eso lo digo sin complejos: la Universidad de Concepción es una de las principales de Chile, y lo es por su aporte intelectual, la diversidad de sus disciplinas, la pluralidad de sus pensamientos y su capacidad transformadora de vidas. Miles de jóvenes de zonas rurales y urbanas, muchas veces lejanas al centro político y económico de nuestro país, han encontrado en ella la posibilidad de desarrollar todos sus potenciales.
Chile necesita a la universidad, y por eso debemos cuidar el acceso a ella. Porque los apoyos al ingreso universitario son una inversión para nuestro país. Y aunque sabemos que el talento está distribuido en todas partes, las oportunidades no lo están. Por eso, un plantel con vocación pública como el nuestro está llamado a estar donde el país más lo necesita. Y cumpliremos con ese mandato.
En momentos de incertidumbre, las universidades tienen dos opciones: replegarse o adelantarse. La Universidad de Concepción debe volver a acelerar: instalar procesos de formación para toda la vida, impactar con sus resultados de investigación y desarrollo, incidir con evidencia y contribuir, desde el sur, a un Chile más justo, más solidario y menos desigual.