Señor Director:
Corría el año 2005, y en esta sección un reconocido profesor de economía escribió “¿Cuánto vale un cisne?”, en referencia a la mortandad de esas aves producto de la contaminación ambiental de una empresa “en pos del progreso”. Se pueden revisar los archivos del periódico para ver las muchas respuestas que obtuvo, y que no solo notaron su sesgo y estrecho análisis, sino también develó tempranamente que se incubaba una grave disonancia entre miradas de proyecto país que 14 años después terminaría en una fractura social.
Hoy, más de 20 años después nos preguntamos, ¿cuánto vale un libro?, ¿cuánto vale el conocimiento?
Más allá de la figura retórica a utilizar, es claro que esto denota temas de fondo que aún no somos capaces de resolver como sociedad. Seguimos en una ceguera valórica crónica, donde el bienestar y desarrollo se mide a corto plazo, y unidimensionalmente; y en segundo lugar, seguimos en una deriva y estrechez continua sobre el país que queremos construir.
Como los libros de historia no generan puestos de trabajo y contribuyen al PIB, y por ende es mejor no escribirlos ni menos leerlos, seguro que volveremos a repetir los mismos errores.
Antonio Brante
Profesor titular, Universidad Católica de la Santísima Concepción