Jamás ha sido fácil la construcción política de esa entidad que llamamos indistintamente país, nación o sociedad. No es novedoso afirmar que la precariedad es un fundamento de ella, porque lo es de la existencia humana. Nacemos para algún día morir. ¿Cómo que nuestra vida y la de todos nosotros no va a constituir una crisis en sí misma?
En la modernidad, la tarea de crear un sistema democrático es todavía más ardua que en otros siglos. Con todo, la armazón tributaria siempre creó incordios. La pugna por tributos en los partidos de corte —las intrigas de cortesanos— en las monarquías absolutas no mostraba un panorama alentador. Se trata de la tensión entre la lógica de los números, que sería hipócrita negar que son parte de la vida, y las necesidades de considerar las valoraciones de la vida social.
Lenin, Stalin y Mao no tenían miramientos, así murieran millones de hambre. Hitler se preocupaba del humor de los alemanes por las penurias económicas; pagaban el pato los otros pueblos de Europa, ídem sin mayor miramiento. En democracia, esto es un problema mayúsculo. Hay casos emblemáticos en que las poblaciones fueron pacientes. En Alemania, en la segunda posguerra, la reforma económica de Ludwig Erhard de 1948 hizo que los alemanes perdieran sus ahorros, pero estabilizó la economía y se produjo una recuperación acelerada. La población, rechinando dientes, lo aceptó, total la situación no podía ser peor. Al resultado se le llamó “milagro alemán”. Otros casos fueron el Reino Unido y EE.UU. a comienzos de los 1980. Con Margaret Thatcher, las reformas económicas para dinamizar el mercado produjeron al inicio una alta desocupación. Doña Margaret sobrevivió solo gracias a la guerra de las Malvinas, que la convirtió en una heroína, antes de arribar los resultados en crecimiento. En el caso de Reagan, antes de asumir el cargo, la Reserva Federal había comenzado un ajuste. Eso, más un recorte del gasto federal, produjo una recesión, aumento del desempleo y de la deuda, sin afectar seriamente los resultados de las elecciones de medio término, en 1982. Los dos años siguientes vieron un despegue que duró toda la década, lo que le trajo una resonante victoria en 1984.
Si vamos a estos pagos, está la Argentina en los primeros años de Menem, en medio de un descalabro. La hiperinflación permaneció galopante. La sensación de crisis previa hizo que la mayoría de la población le diera su apoyo en elecciones regionales y parlamentarias. Vino un boom que parecía anunciar inminente desarrollo. Luego se iría descascarando. Su sucesor no supo detener la caída al abismo hasta la crisis de 2001. Después vinieron los Kirchner. No será ley general, pero da la impresión de que el apoyo popular en tiempos de adversidad económica sea más probable en los países desarrollados.
Cierto, pero solo expresa la estructura profunda de la ciudad del hombre, que no es la Ciudad de Dios. La primera es una mixtura, cuya máxima parábola es lo que denominamos la dualidad del cuerpo y del alma. Estamos encadenados a una raíz biológica inexorable; los humanos, sin embargo, no son solo eso, sino que un misterio y una fuente de experiencia espiritual, cultural y estética; quizás se puede resumir esto último en que somos también seres morales. De ahí que, si bien lo biológico-material y los impulsos morales, emocionales y espirituales constituyen fuerzas antitéticas, que aparecen en pugna, son también parte de una misma realidad. En el mundo de los debates públicos, o incluso en los especializados, aunque obedezcan a lógicas distintas, en lo que llamamos civilización están mandatados a coexistir con fecundidad.