Surgen voces en el oficialismo, desde el Partido Republicano hasta Evópoli, que llaman a buscar acuerdos para el proyecto de Reconstrucción con el Socialismo Democrático y la DC, desechando acercamientos con el Partido de la Gente. Aquellos serían confiables y serios; este, impredecible y errático.
La propuesta trae a colación un viejo anhelo de cierta derecha: validarse junto a la izquierda moderada y formar una gran coalición desde el PPD hasta RN. Es el antiguo sueño de muchos liberales al que hoy se pliegan, por motivos tácticos, algunos conservadores.
La ventaja de un pacto de esta naturaleza es evidente: no solo otorgaría una sólida mayoría parlamentaria, sino que también permitiría arrinconar al Partido Comunista y al Frente Amplio. Daría gobernabilidad y proveería una estabilidad digna de los mejores tiempos de la Concertación.
Supuestamente, pura ganancia. En realidad, puro humo.
Solo un nostálgico noventero que ha estado fuera de Chile desde 2011 creería que es posible llegar a un acuerdo sincero con la “izquierda moderada”. Ese año, la antigua Concertación se rindió ante las críticas de la generación que terminó conformando el Frente Amplio. La deriva aún no concluye. ¿La evidencia más reciente? Luego de que en el PC anunciaran que “inundarían” el Congreso con indicaciones para dilatar la discusión del proyecto de Reconstrucción, desde el PPD (la “oposición amigable”, según la creencia de cierta derecha) señalaron que doblarían la apuesta con un “tsunami” de indicaciones.
Más que mostrar indignación moral o acusar obstruccionismo, los que desde la derecha proponen pactos con ese sector deberían, por fin, observar la realidad y renunciar a la ensoñación como estrategia política. Desde hace 15 años, una y otra vez, el Socialismo Democrático y lo que queda de la DC vienen rindiéndose ante la izquierda radical. Carentes de ideas y coraje, han optado por convertirse en vagón de cola, prefiriendo la seguridad de las migajas al riesgo del camino propio. Es probable que nunca se allanen a un acuerdo sustantivo con la derecha, por razones históricas, psicológicas y porque temen que eso los desperfilaría frente a sus rivales de la izquierda radical, de la cual son rehenes. Quienes en la centroizquierda rechazaron esa vocación entreguista abandonaron el barco hace rato. Ya no queda raspado en esa olla.
La conclusión es que, si se aspira a contar con votos para aprobar la megarreforma, resulta ineludible conversar con el pragmatismo oportunista del PDG y Franco Parisi. Hasta ahora, es una bancada sorpresivamente disciplinada, y sus corcoveos y mañas no son ajenos a los que existen en toda negociación difícil.
Comparada con una izquierda supuestamente moderada, pero a la que le asusta llegar a un acuerdo con la derecha, el PDG ofrece una alternativa hasta ahora más confiable y abierta al diálogo, sin los complejos que atribulan al PS, al PPD y a la DC.
Resulta innegable que los pactos con el PDG suponen un riesgo estratégico para la derecha, especialmente para el Partido Republicano. Ello podría explicar que el presidente de este haya sostenido que es mejor negociar con la ex-Concertación. El peligro es consolidar al Partido de la Gente como un actor imprescindible y darle relevancia a Franco Parisi, levantando su imagen como presidenciable para 2029.
Se trata de una amenaza real, pero quizás inevitable. Parisi es un candidato fuerte que, de todas maneras, va a competir en la próxima elección. Mayor razón, entonces, para atraerlo que para alejarlo. En lugar de insistir con una izquierda escasamente confiable y llena de traumas, quizás al oficialismo le conviene preguntarse si no es útil explorar un pacto con el populismo. A lo mejor ahí está la clave para darle gobernabilidad, continuidad y proyección al actual Gobierno.