Hay varias Mimí. Sin ser experto, vislumbro tres. Una es su prefigura en “Las escenas de vida bohemia”, de Henry Murger; otra es la del libreto de Luigi Illica y Giuseppe Giacosa y, finalmente, la Mimí de Puccini. En la ópera, a su vez, ¿son varias?
Mimí es joven, pobre, trabaja bordando (dentro y fuera de la casa) y vive sola en un desvencijado piso de París. Una noche, con la vela del candil apagada, sale a pedir fuego a sus vecinos. La recibe un joven poeta, se produce un equívoco con una llave perdida, las velas se apagan y en la oscuridad, en el momento en que se rozan las manos, nace un amor relampagueante. Casi podría decirse que, en vez de amor a primera vista, es un caso de amor a primera mano. Pero no es tan así. Mimí escucha la presentación de su instantáneo amante y este escucha también la presentación que hace de sí misma la propia Mimí. Ambos se persuaden, naciendo el amor abruptamente, apenas conocidos, tanto del roce como de la palabra.
En su presentación (Mi chiamano Mimi) se perfilan por única vez los rasgos que caracterizan a este personaje más bien pasivo y carente. Su historia es breve, acotada al presente de la ópera, sin pasado ni futuro. Quizás sus palabras más hermosas son aquellas en que dice: “Me gustan esas cosas que tienen tan dulce encanto, que hablan de amor, de primaveras, que hablan de sueños y quimeras” (Mi piaccion quelle cose che han sì dolce malìa, che parlano d'amor, di primavere, di sogni e di chimere). No se obtiene de ella mucho más contenido, pero su figura casi vacía tiene la virtud de suscitar en la audiencia una proyección de la sensibilidad romántica que anida implícita en cada individuo. ¿Cuál es esa sensibilidad? Mario Praz, en su célebre libro “La carne, la muerte y el diablo en la literatura romántica”, propone como uno de los hilos conductores del romanticismo la unión de la belleza y la muerte. El gran crítico y escritor italiano da innumerables ejemplos en la literatura romántica de esa idea, el tópico de que existe un goce, un resplandor de belleza en lo oscuro, angustiante y letal, lo cual, según él, se plasma finalmente en una estética de la enfermedad. El amor enfermo, moribundo, incluso pútrido, y la mujer enferma tienen una larga descendencia en el espíritu romántico. Mimí es una de ellas.
Estas pobres líneas se inspiran en la estupenda puesta en escena de La Boheme en estos días por el Teatro Municipal de Santiago. Alla prossima!!