Al Presidente y sus colaboradores les ayudaría realizar un ejercicio que puede ser muy útil para la labor que les espera: imaginar cómo les gustaría que estuviera Chile al término de su gobierno, en marzo de 2030. Dicho de otro modo, qué resultados desearían que la mayoría del país reconociera como progreso tangible respecto del punto de partida. Son solo cuatro años y, por lo tanto, es indispensable establecer prioridades y dar eficacia a las acciones gubernamentales.
¿En qué situación le gustaría al mandatario dejar la economía luego de su gestión? ¿En qué punto las políticas de protección social y los planes para mejorar la condición de las familias vulnerables? ¿En qué situación la educación pública, cuyo declive ha sido tan profundo, y la salud pública, el acceso a la vivienda, la seguridad ciudadana, en fin, todos los aspectos en que se mide el desarrollo humano? Se trata, por ende, de precisar lo que corresponde hacer para que el balance final sea satisfactorio.
La partida fue bastante más accidentada de lo que podía esperarse, lo que no hizo más que confirmar cuán desafiante es la tarea de gobernar, entre otras cosas porque la realidad es más compleja que cualquier programa, porque lo inesperado está a la vuelta de la esquina y porque los pasos en falso se pagan caro. Habrá que ver cuán rápido aprende el equipo gobernante y qué capacidad de autocorrección tiene.
Quizás, puede ser provechoso que los vacíos y falencias hayan quedado de manifiesto al comienzo, lo que permite arreglar la carga en el camino. En términos estrictos, el Gobierno no ha cometido ningún desaguisado de alcance nacional, y hay espacio para evitarlo.
Como sabemos, no existe un manual para presidentes que indique exactamente cómo ejercer el cargo. Cada gobernante tiene que definir sobre la marcha su propia manera de marcar el rumbo, delegar poder, arbitrar las diferencias internas, en fin, todo lo que implica estar a la cabeza del Estado. Al cabo de dos meses, debería estar claro que el gabinete necesita actuar con plenos poderes, sin supervigilancias ni interferencias que pueden enredarlo todo.
Se supone que el Gobierno está consciente de que el equilibrio de las finanzas públicas, que es fundamental para el progreso sostenible, no garantiza el respaldo ciudadano. Podría darse la circunstancia de que Hacienda ordene el gasto del Estado y hasta ahorre recursos, pero que eso no sea percibido como una mejora por la mayoría de las familias. Surge aquí el desafío quizás más motivador para un gobierno de derecha: tratar de demostrar que, en el terreno social, la izquierda no tiene, como pretende, “el monopolio del corazón”.
El Gobierno no puede sorprenderse de que sus adversarios irreductibles actúen como tales, pero debe esforzarse para que no crezcan. Por lo tanto, debe explicarle al resto de los ciudadanos lo que realmente se propone hacer, de manera que la mala voluntad o los prejuicios no se extiendan. Hay que ganar aliados, aunque sean provisorios.
Se ha dicho que las carencias discursivas del Gobierno constituyen, en realidad, carencia de ideas. También, que no tiene relato. Como sea, es evidente que necesita articular un mensaje que proyecte sus propósitos esenciales, una perspectiva de cambio que sea comprendida y asimilada por la población. Es cierto que los excesos retóricos, de lo cual son representantes tantos políticos dispuestos a vender cualquier mercadería, no favorecen el desarrollo democrático, pero tampoco lo favorecen la parquedad ni un lema como “hechos y no palabras”, que levantó un gobernante del siglo pasado.
Los hechos no siempre hablan por sí solos. Suelen ser interpretables. Las palabras, entonces, siempre importan, y ello implica no dejar el campo libre a los charlatanes. Hay que reivindicar el valor de la palabra, lo que supone apostar por la racionalidad y el diálogo.
El imperativo del Gobierno es “hacer política”, o sea, estudiar con realismo las opciones que son preferibles frente a cada problema, con plena conciencia de que no abundan las alternativas óptimas. Se trata de mejorar lo que existe. Y no cansarse de explicar el sentido de cada medida, dialogar con todos y no dudar en pactar las mejores fórmulas posibles.
Kast tiene que convencer a la mayoría del país de que vale la pena recorrer el camino que está proponiendo. Eso requiere un esfuerzo por entregar buenas razones. El Mensaje del 1 de junio que él entregará ante el Congreso es una invaluable oportunidad para exponer el soporte de sentido que desea dar a la gestión de su gobierno. Necesita mostrar un horizonte hacia el que den ganas de avanzar.