El liberalismo es una doctrina compleja que incluye una dimensión política, otra ética y una tercera de tipo económico. Además, no hay un solo liberalismo. Lo que hay son “liberalismos” —así, en plural—, como si se tratara de las varias ramas de un mismo árbol o, más bien, como si fuera algo parecido a esas especies vegetales que cuentan con varios troncos a la vez y que, creciendo juntos, unos al lado de los otros, sostienen un mismo follaje. Nuestros conocidos “liberalismos”, ¿son más parecidos a las varias ramas de un mismo árbol o a los varios troncos que se levantan bajo tierra y desde una única raíz?
Pero el liberalismo no se entiende solo como una doctrina, sino también como un carácter, talante o temperamento de determinadas personas a quienes se percibe abiertas, comunicativas, amenas, directas, transparentes, francas, despreocupadas, dadivosas, e incluso algo pícaras y extravagantes. Así de alta se pone la vara a este significado de “liberal”. Se trata de sujetos espontáneos, vitales, expansivos, gozadores, inquisitivos, falibles, sin cálculo, y siempre con buen humor, del que el mejor ejemplo nacional que he conocido fue el inolvidable Ernesto Rodríguez Serra.
Un liberal puede ser individualista y comportarse como tal, o sea, ser egoísta y actuar como tal, pero de lo que está realmente preocupado el tipo de liberal que acabamos de describir es de su individualidad, esto es, de su singularidad, de su mismidad, del qué es y cómo es. No se sorprendan ni tampoco lo pongan en duda, pero Adam Smith —sí, el mismo— explicó y promovió en forma muy elocuente y persuasiva la “simpatía” como sentimiento moral relevante de las personas, llamando a “sentir mucho por los demás y poco por nosotros mismos”, mientras que otro muy destacado liberal —John Stuart Mill—, en su libro “Sobre la libertad”, abogó lúcidamente por lo que llamó, explícitamente, “individualidad”, incluyendo entre sus capítulos uno que tituló “De la individualidad como uno de los componentes del bienestar”. En efecto, un liberal se siente bien en su pellejo y hace sentir lo mismo a cualquiera que se encuentre con él. No solo es receptivo, sino hospitalario; y es tolerante antes que meramente resignado a la diversidad. Un liberal tanto da confianza como la recibe. Se trata de algo más que “buena onda”, como se dice, y más también que cortesía: disponibilidad. Es alguien mundano y obsequioso.
Exigente tal tipo de liberal, porque así de alta es la medida para que no pueda caber allí ningún impostor o infiltrado que, como canta Joan Manuel Serrat, solo “presuma de ser liberal”.
Retomando el liberalismo como doctrina, se trata también de una muy alta exigencia, si es que se advierte que sus planteamientos van más allá de lo que se entiende por una economía libre que, al focalizarse exclusiva o excesivamente en esta última, desconoce o rebaja las otras dos dimensiones del liberalismo que fueron anotadas antes: la dimensión política y la de tipo moral. Credenciales liberales auténticas, al día, completas, solo pueden tenerlas aquellos que articulan esas tres dimensiones; o sea, tanto la libertad económica como política, además de la autonomía de los individuos para adoptar una idea de vida buena y elegir las vías para realizarla.
Difícil, por tanto, decir de alguien que es “liberal” si se le cercena cualquiera de esas tres dimensiones, y más difícil aún decirlo de alguien que realmente posea los atributos que forman un temperamento o carácter liberal.