Para cerrar este fin de semana con un buen panorama, le recomiendo ir al cine. “El diablo viste a la moda 2” está siendo un éxito a nivel mundial y se encamina a superar con facilidad las ganancias que generó la original, estrenada el 2006. ¿Por qué fascinan estas películas? ¿El glamour? ¿Streep, Hathaway y Blunt? Frío, frío. Como diría ese asesor de Clinton: es “su” economía, estúpido.
No voy a revelar detalles de la nueva película, pero le anticipo que las tensiones entre sus personajes son comparables a las observadas esta semana dentro del oficialismo (¿ansioso de saber quién es Andy Sachs dentro del gabinete? Yo también). Recordemos brevemente la trama de la primera parte.
Miranda Priestly (Streep) es la editora de una revista de moda y es (y será siempre) un tractor. Llena de talento y disciplina, exige un nivel de profesionalismo que lleva a toda la compañía al límite. Su éxito profesional no es fruto de pitutos o favores. Es intensa, segura de sí misma y tiene total claridad sobre lo que quiere, porque no hay otra forma de sobrevivir a la brutal competencia de la industria de la moda (¿no es cierto eso en cualquier industria?). No hay buenismo, puchito para sacar la vuelta, jornada que termina a las 5:00 p. m. o fines de semana de desconexión. Las oportunidades se toman o se pierden. Si no estás dando el ancho, mejor que te lo digan lo antes posible. Dureza económica nivel Mepco.
Y quienes trabajan con Miranda saben que sobrevivir a su exigencia e intensidad es sello de capacidad. No por nada “un millón de chicas matarían por ser su asistente”. Emily (Blunt) y Andy (Hathaway) ocupan esa posición. La primera sabe en lo que está metida, la segunda lo aprende a punta de porrazos (también en la parte 2). Y en ellas está nuevamente la fascinación que genera el homo economicus que cruza ambas películas: incentivos, racionalidad e interés personal definen el comportamiento de los personajes. Y cuando esas fuerzas se coordinan dentro de un equipo, el resultado es éxito total.
Dije que no daría detalles de la saga y lo voy a cumplir. Déjeme, eso sí, dar un par de claves económicas para disfrutar la nueva película aún más. Primero, la tecnología cambia las cosas, pero sin experiencia o talento humano el progreso no se da. Ese es un mensaje para todo joven que cree que se las sabe todas. Segundo, el éxito profesional tiene costos personales. Mejor saberlo, para mitigarlos.
La primera parte de “El diablo viste a la moda” generó ganancias globales por US$ 326 millones, pero en Chile solo US$ 325 mil. En términos relativos, no fue un éxito local. No es raro. Entonces, con un relato de esfuerzo y mérito, el país crecía cerca de 6%. Ahora las cosas son distintas. Existe la necesidad de retomar ese relato, de salir del estancamiento. Si la saga es un éxito de taquilla, no será por el encanto por la moda, sino por el deseo de muchos de confirmar lo que sabemos: trabajo duro, constancia y competencia son esenciales para progresar.