Pocas veces el discurso de un rey de Inglaterra tuvo más significado político que el pronunciado por Carlos III ante el Congreso de Estados Unidos, el martes. Cuando las relaciones entre Washington y Londres (y con toda Europa) están en su punto más bajo en décadas, las palabras del monarca británico han contribuido a reducir las tensiones provocadas por los desencuentros entre Donald Trump y Keir Starmer.
En el trasfondo de la visita estaban todas las desavenencias entre ambos gobiernos y las declaraciones ofensivas que Trump ha hecho sobre Starmer, Gran Bretaña y sus fuerzas armadas. El Presidente no perdona que se le hubiera negado el uso de las bases británicas antes de atacar Irán; tampoco, que se le opusieran a sus planes para Groenlandia y Canadá, y menos, que Gran Bretaña se restara de las operaciones para abrir el estrecho de Ormuz. Sobre las fuerzas armadas británicas, ha dicho que en Afganistán “se quedaron un poco atrás, un poco lejos del frente”, lo que enfureció a Londres, que recordó cómo casi 500 soldados británicos murieron en esa guerra. La molestia de Trump se hizo aún más evidente en un memo del Pentágono, filtrado días antes del viaje, que hablaba de suspender el reconocimiento de EE.UU. al dominio británico en las Falklands/Malvinas.
En ese contexto, el discurso era un gran desafío diplomático para Carlos, quien remarcó todos los puntos políticos críticos que preocupan al gobierno británico —el cual, obviamente, participó en su redacción— y a los europeos. La fortaleza de las relaciones bilaterales, afirmó el rey, se basa en la “habilidad para superar las diferencias”, recordando que “nuestra asociación nació de las disputas”. Así, sus referencias a la estabilidad de la OTAN, la defensa de Ucrania, la importancia de la democracia occidental y hasta el cambio climático —asunto que lo motiva personalmente— fueron una sutil refutación a las posturas de Trump. Pero todo, sin abandonar nunca el sentido del humor, lo que le dio ligereza a un discurso lleno de mensajes contundentes, que se ganó la ovación de pie de todo el Congreso en 12 oportunidades.
Se sabe que Trump siente una particular atracción por el boato de la monarquía. Ahora, recordó que su madre admiraba a la reina Isabel y encontraba “guapo” al joven Carlos, pero las salidas de libreto fueron más bien ocasionales: como pocas veces, se le vio apegado al texto de sus discursos. Carlos, en cambio, tuvo la soltura de referirse a hechos históricos controvertidos, como cuando habló de la renovación de la Casa Blanca y dijo que los británicos habían tratado de hacerlo en 1814... obviando, eso sí, que en esa oportunidad las tropas inglesas incendiaron el edificio. Un momento alto de la visita fue la entrega de la campana del submarino “HMS Trump”, que aprovechó para otra broma —que cuando EE.UU. necesitara ayuda, la hiciera sonar—, después de expresar su “inmenso orgullo” de haber pertenecido a la marina real, sutil respuesta a las ofensivas palabras que Trump ha dedicado a las FF.AA. británicas.
Sería positivo que el buen clima político conseguido con esta visita perdure y se transfiera a las relaciones con el resto de la OTAN, pero eso dependerá más de Trump que de los ingleses. Pues, como dijo Carlos, “las palabras de EE.UU. tienen peso y significado… las acciones de esta gran nación importan mucho más”.