El filósofo alemán Peter Sloterdijk declaró hace poco en Le Figaro que los europeos, tras la Segunda Guerra Mundial, devinieron en espectadores. Ahora han tenido que despertar a una dura y sombría realidad. Desde hace muchas décadas también ha existido en América Latina una autocrítica por ser apenas espectadores en la escena internacional. Me parece una perspectiva errada. Se puede ser marginal en términos geopolíticos duros, pero en muchos sentidos estar presente ante los desafíos de nuestra época.
Ahora, al barajarse de nuevo la arquitectura de la política mundial —quizá lo fundamental, el eclipse del Occidente político y de una sociedad internacional basada en reglas como punto de referencia—, sí que nuestro mundo está desorientado o se aferra a consignas con las que hay que tener mucho cuidado. Identificarse con el trumpismo o con el “sur global” pertenece al reino de los espejismos que nos son tan propios.
Para alcanzar una concertación regional, hay que partir de la base que pensar en la totalidad de América Latina, incluyendo América Central, el Caribe y México, es arar en el mar. En cambio, Sudamérica muestra un atisbo de posibilidad. Sin desconocer las colosales dificultades para la interacción consensuada, ofrece un grado de analogía y hasta homogeneidad.
Los latinoamericanos han reclamado mucho sobre integración y unidad de la patria grande, con resultados pobretones. Lo que se requiere es de un liderato que no juegue a las confrontaciones radicales. No se trata de hegemonía, que incluso al poderoso le da pocos resultados en América del Sur. Liderazgo es la virtud de poder convencer —y no vencer, según una famosa fórmula— de la necesaria concertación en algunos aspectos de la vida en común. Y mientras más discreta, mejor, o se desatan los celos que nos son tan propios. ¿Quién podría tomar esta bandera entre los nuestros?
Argentina lo habría sido si todo esto hubiese ocurrido hasta mediados del siglo XX. Después, las cosas cambiaron, y ese país, con civilización tan destacada en un amplio sentido en América Latina, no acaba de emerger de una larga crisis política. La Venezuela de la segunda mitad de los 1970 intentó jugar un papel que al menos rivalizara con Brasilia. El estrellato duró poco. Caso distinto han sido los desafíos de los Estados revolucionarios o de revisionismo radical, como la misma Venezuela de los últimos 25 años, lo que se desvanece en nuestros días. Sus dirigentes alcanzan algún relieve global; sus pueblos sufren las consecuencias.
Esto nos lleva a que el único país que, por tamaño, peso demográfico, regional y global, podría tomar la iniciativa es Brasil. Cierto, no puede ser calificado de “desarrollado” (el ingreso per cápita y el Gini son más deficientes que los de Chile), y posee en ese sentido pies de barro, tal cual Rusia, Turquía, la India y algunos más. Sobre todo, posee un bien inmaterial que lo hace el país más capacitado para esta misión desde el barón de Rio Branco: una tradición diplomática de primer nivel y otra de política exterior relativamente ecuánime en el curso de los siglos XX y XXI, siendo Lula y Bolsonaro, en diferente grado, desviaciones de una gran tradición, de guardar la cabeza fría, desarrollar prácticas y algunas instituciones que sobrevivan a las naturales oscilaciones entre izquierdas y derechas. Nada de esto sería impedimento para que cada país desarrolle una política exterior propia, pero cada uno de ellos sabrá que, si bien el subcontinente no pesa ni una brizna en confrontación directa con los poderosos, una concertación mínima, con destreza y sin estridencia, ayudaría a sortear los roqueríos.