Es llamativo que, con todo el ruido generado, la guerra arancelaria y la guerra en Irán han tenido un efecto menor en la actividad en Estados Unidos. Mientras las tarifas y el petróleo suben, las proyecciones de la principal economía del mundo apenas se han corregido.
Explicaciones puede haber muchas, pero sin duda una de ellas proviene de la fuerza que muestran las industrias ligadas a la inteligencia artificial (IA). La inversión en energía, en capacidad de procesamiento y producción de chips y —por cierto— en el desarrollo de los algoritmos, no ha dado tregua, lo que ha dado soporte a la economía y se ha traducido, además, en un aumento sostenido del valor de las compañías. Curiosamente, si hasta hace poco se discutía —y no sin razón— sobre una supuesta burbuja en las acciones de las empresas tecnológicas en Estados Unidos, la fortaleza bursátil hace pensar que la sobrevaloración no era tal y que la cosa va realmente en serio.
Las burbujas financieras han sido estudiadas por siglos, y dan cuenta de un curioso fenómeno. Normalmente, el valor de las cosas está dado por los servicios que estas prestan; en el caso de una acción, por los dividendos que paga. Pero si por alguna razón se genera la expectativa de que alguien va a querer comprar en el futuro una acción a un precio alto, yo podría querer comprarla hoy —y venderla así mañana—, independientemente de si el precio actual refleja razonablemente sus servicios. En otras palabras, la expectativa de que el precio suba en el futuro alimenta el deseo de comprar hoy, lo que lleva los precios a lugares recónditos.
Las burbujas no duran para siempre, y normalmente se revientan con cambios drásticos de expectativas. Una guerra, un aumento importante en la incertidumbre o un salto grande en el precio del petróleo son ejemplos perfectos de eventos que podrían reventar burbujas. Al modificar la visión de que los precios siempre subirán, estos eventos son ideales para romper el espejismo, y con ello derrumbar el castillo de naipes sobre el cual descansan exorbitantes valoraciones. Cuando ello sucede, los precios se ajustan a la baja, muchas veces con fuerza.
La fortaleza de los valores accionarios de las principales empresas tecnológicas expuestas a la IA —con la volatilidad propia de estos eventos— es notable, y disipa dudas sobre una posible burbuja. Para los gurúes que ya lo sabían, esto puede no ser novedad. Para el resto de los mortales —entre los que me incluyo—, este fenómeno es otra pieza que sugiere que estamos frente a un cambio tectónico a nivel empresarial y —por qué no decirlo— en la forma en que vivimos. Que todo esto ocurra en el país en cuyas entrañas se ha generado la gran incertidumbre global sugiere que, quizá, el legendario Warren Buffet tenga razón: “Never bet against America”.