Las expresiones en redes sociales de Lautaro Carmona, presidente del PC, adhiriendo al leninismo —“En el natalicio de Vladimir I. Lenin, reafirmamos el carácter leninista del Partido Comunista de Chile”, escribió—, si bien no pueden considerarse una sorpresa —así ha sido ratificado una y otra vez en sus congresos partidarios—, merecen un análisis más detenido. Sin duda, hay allí un mensaje hacia el interior del conglomerado, en cuanto a que la línea doctrinaria no tendrá cambios. Algo que Jeannette Jara, al decidir permanecer en las filas del PC, terminó tácitamente aceptando. Va quedando claro así que las supuestas visiones discordantes al interior del partido no eran tan importantes ni tocaban aspectos centrales de su ideología, sino más bien estaban referidas a estrategias de campaña o recriminaciones personales.
Pero las palabras de Carmona son también un aviso a sus aliados, en cuanto a que esta es la visión que prevalecerá en el partido. Demuestran cuán seguro se siente el PC de que su adscripción a doctrinas profundamente antidemocráticas y en que la violencia juega un papel esencial no tendrá consecuencias en su relación con el Socialismo Democrático o la DC. Y eso es lo realmente sorprendente: que hoy, con todos los antecedentes disponibles, terminada ya la Guerra Fría, pueda el carácter leninista de un partido resultar indiferente a aliados que proclaman la democracia y el respeto a los derechos humanos como ejes de su discurso. Amén de contradictorio, ello revela una inexplicable falta de sensibilidad frente a lo que ha significado la tragedia del comunismo en general y el soviético en particular.
Y es que resaltar a Lenin y reivindicar el leninismo es —valga recordarlo— apoyar la existencia de un partido único; el monopolio de una ideología totalitaria que permea todos los ámbitos —ciencias, historia, artes, etc.—; el control del Estado sobre los medios de producción y la eliminación de la propiedad privada, y, naturalmente, el terror y la violencia como medios legítimos para alcanzar y mantenerse en el poder. Lenin no se quedó solo en la teoría, sino que dio múltiples muestras concretas de cada uno de estos aspectos. Para consolidar su poder, puso término por la fuerza a una Asamblea Constituyente recién electa —“no tenemos que dejarnos engañar por las cifras de las elecciones: no prueban nada (...). La mayoría del pueblo está con nosotros”— ; configuró un nuevo tipo criminal: el “enemigo de clase”; creó la temida Checa (policía secreta de Lenin, precursora de la KGB); persiguió a sus opositores políticos, incluidos antiguos socialistas: mencheviques, anarquistas, social revolucionarios; en fin, sentó las bases de los campos de concentración soviéticos (los llamados “Gulags”). De hecho, la historiadora Anne Applebaum consigna que hacia 1921 había 84 campos en 43 provincias, la mayoría concebidos para “rehabilitar” a estos “enemigos del pueblo”. Y es que Lenin hizo carne la expresión atribuida por algunos a Flaubert, en cuanto a que “en cada revolucionario hay un gendarme oculto”.
Eso, en definitiva, significan las palabras de Carmona. La indolencia frente a ellas es un signo ominoso de la crisis que hoy vive el Socialismo Democrático.