Puede que como Presidenta representara una opción ideológica opuesta a la propia, puede que su gestión (sobre todo, en su segundo mandato) dejara mucho que desear y sembrara semillas un tanto ominosas, pero, lejos, es la mejor funcionaria internacional que hemos pergeñado. Y ello implica el aprendizaje de un arte.
Me detengo en el discurso de presentación de su candidatura ante las delegaciones de la ONU pronunciado hace algunos días. Reconozco que su interpretación admite matices.
Es difícil señalar qué dijo en concreto (lo cual es ya un acierto), sino repetir algunas frases algo líquidas y políticamente correctas. Pero ¿es ello equivocado?
Es posible que a un organismo tan alicaído como la ONU le acomode un discurso también alicaído, y en ese orden de cosas el discurso estuvo bien focalizado.
En la retórica de la antigüedad clásica era central un estudio de las audiencias. A cada audiencia le corresponde un discurso adecuado a esa audiencia. Así, a esta burocracia internacional con una apariencia de asamblea democrática, Michelle Bachelet le propinó el discurso justo. Visto desde ese ángulo, me pareció un discurso magistral.
Tocó los tópicos precisos, formulados de modo de generar la menor aspereza y, al contrario, estimulando en los oyentes un convencido orgullo de sí mismos. Repasemos algunos puntos. Primero: “Mi mensaje principal es la necesidad urgente de esperanza. Nuestro mundo y el orden que se basa en el derecho internacional se ve bajo una presión nunca antes vista”. En vez de insinuar la necesidad urgente de que el organismo se convierta en un ente que encuentre soluciones, lo que sería pedir demasiado, clama tan solo por fortalecer la esperanza. También, prudentemente, piensa que el derecho internacional se encuentra bajo una “presión” nunca vista, si lo que hay es una manifiesta “violación”, proveniente de miembros del propio organismo multilateral. Segundo: “Las Naciones Unidas siguen siendo el único lugar donde cada nación puede hablar con las otras, una casa donde todas las voces comparten el mismo techo. El diálogo universal es lo que hay que proteger”, sostuvo. Este es el lugar común perfecto. La noción de diálogo desgastada al máximo. Todos saben que la ONU es una congregación de soliloquios intrascendentes. Pero ¿para qué recordarlo? Resulta mucho más halagador enaltecerlo al trono de diálogo, convertir el parloteo grandilocuente en intercambio real de ideas y propósitos.
Se podrían espigar más ejemplos. El discurso es un modelo de homilía ante un organismo internacional. Y aquí también, y como siempre, lo aconsejable es decir lo justo ante el lugar justo.