Señor Director:
Quería agradecer al profesor Agustín Squella por su interesante columna (jueves) sobre Don Quijote. Me tomo el permiso, con todo respeto, de insinuar otra lectura.
Quizás la locura de Don Quijote no sea tanto un problema para él, sino un recurso muy eficaz. Le permite hacer cosas que de otra forma no se le habrían permitido, y no solo acciones, sino también discursos: sobre la justicia, el amor, el poder o Dios. Discursos muchas veces lúcidos, que dejan entrever —como grietas por donde pasa la luz— que, entre medio de esa locura, hay mucha reflexión.
En la segunda parte, sin embargo, todo cambia: el mundo ya conoce al personaje. Y si bien eso al principio lo divierte, con el tiempo va perdiendo la utilidad que el personaje le daba.
Así, hacia el final, lo que vemos es el abandono de Don Quijote, que se diluye para dar paso a Alonso Quijano, quien llama al cura y al notario —a lo divino y a la ley— para despedirse.
La suya no es una muerte de arrepentimiento, sino una muerte digna, racional y, en cierto sentido, estoica: la de quien puede asumir su verdad y morir en paz como Alonso Quijano el Bueno.
J. Guillermo Valenzuela Bone
Gestor cultural