Un salvavidas representa el crédito que finalmente aprobó la Unión Europea para ir en ayuda de Ucrania, en extrema necesidad de recursos para resistir la guerra de cuatro años contra Rusia. Con Estados Unidos focalizado —y cada vez más empantanado— en Irán, los europeos tomaron en serio su compromiso con Kiev y apuran el traspaso de recursos que Volodimir Zelenski podrá invertir en reforzar la economía ucraniana, pero también, y en este momento más importante, en fortalecer la industria militar propia y comprar armamento necesario para contrarrestar la ofensiva rusa de primavera.
No fue fácil que los países de la UE se pusieran de acuerdo —se necesita unanimidad— para otorgar el crédito de 90 mil millones de euros. Primero se pensó en usar los fondos rusos congelados en bancos de Bélgica, pero el gobierno belga se opuso. Entonces se decidió emitir deuda, pero Hungría, Eslovaquia y la República Checa solo dieron el pase cuando se las dejó fuera del compromiso. En febrero, el entonces premier húngaro, Viktor Orban, volvió a bloquear el proceso con la excusa de que Kiev no había reparado un oleoducto que lleva petróleo ruso. Conocida es la buena relación de Orban con Vladimir Putin, y su abierto antagonismo con Zelenski, a quien pintó como un enemigo en su fracasada campaña para la reelección. Ahora el oleoducto está operativo y Orban, contra todo pronóstico, se apuró a dar su visto bueno al crédito, algo que se esperaba hiciera su sucesor en mayo. Aunque el flujo de dinero no será inmediato, Kiev puede sentir el alivio de contar con recursos para los próximos meses, en los que no se vislumbran acuerdos para poner fin a la guerra, por lo que concentrará sus esfuerzos probablemente en su capacidad defensiva.
Ucrania tiene una industria militar muy desarrollada, con una historia que viene desde la época soviética, pero que en esta guerra se modernizó con sofisticadas tecnologías. Se ha visto el exitoso uso de drones que pueden incursionar hasta 1.700 kilómetros en territorio ruso, lo que le ha permitido atacar objetivos como refinerías y plantas de petróleo, instalaciones militares e industrias de material bélico, dando un castigo a Rusia inimaginable en los primeros meses desde la invasión. Este desarrollo ha sido posible porque los ucranianos prueban las armas en el campo de batalla y modifican o desechan sus modelos de acuerdo al rendimiento.
Pero Ucrania tiene fábricas no solo en su territorio, sino también en varios países de Europa, como Alemania, Polonia, Lituania, Letonia y Dinamarca, ante lo cual Rusia lanzó la amenaza de que estas instalaciones serían “objetivos potenciales de las fuerzas rusas”. Así, junto con publicar las direcciones de las fábricas, el Ministerio de Defensa advirtió que “la fabricación de drones para Ucrania es un paso deliberado que conduce a una escalada de la situación militar en todo el continente europeo”, de modo que tales aparatos aéreos “en lugar de fortalecer la seguridad de los Estados europeos… están atrayendo a esos países a una guerra con Rusia”.
Con todo, los drones ucranianos no son suficientes para defenderse ni menos ganar una guerra en la que Moscú no se pone límites y donde Ucrania necesita una defensa aérea potente contra los masivos ataques del invasor. De hecho, entre noviembre y marzo, según Kiev, los rusos lanzaron 27 mil drones Geran 2 (una adaptación de los Shahed iraníes), 600 misiles crucero y 462 misiles balísticos. Para detener los drones, Ucrania cuenta con drones de defensa que apenas cuestan entre dos mil y 2.500 dólares. Pero contra los misiles, Kiev dice que necesita de sistemas Patriots, cuyo valor llega a 2 millones de dólares y que hoy son también vitales en Medio Oriente, donde está concentrada toda la maquinaria de guerra y la diplomacia de Donald Trump.