El uso de la palabra geopolítica ha aumentado mucho debido a la creciente competencia entre EE.UU. y China. El concepto mezcla factores geográficos y políticos que definen cómo los países actúan en un mundo interconectado. Siempre existe tensión entre las grandes potencias, que varía según sus economías, tecnologías, demografía, capacidad militar y conducción política.
Cada cierto tiempo el poder mundial cambia. Surgen nuevas potencias y decaen otras. La “Trampa de Tucídides” se refiere a que cuando un poder emergente desafía a otro poder establecido, ese estrés suele terminar en guerras. Se refería al ascenso de Atenas rivalizando con Esparta, que llevó a la guerra del Peloponeso, lo que se ha repetido una y otra vez durante siglos. Es el caso actual entre EE.UU. y China, el poder establecido y el poder emergente. Hoy se trata principalmente de competencia tecnológica, comercial y por áreas de influencia.
La demografía es muy importante para la geopolítica. China tiene una enorme población como factor de poder, pero una debilidad futura por la política de Mao de permitir solo un hijo, lo que afectará el recambio. Occidente también ve disminuir su población por bajas tasas de natalidad. En cambio, zonas del Medio Oriente, África e India tienen aumento de población, lo que podría llevar a variaciones en el poder mundial en el futuro. Pero no se trata solo de cantidad: la educación y capacidad de innovación inciden fuertemente, algo que en Chile debemos considerar más.
Lo claro es que el balance de poder entre las naciones está en constante movimiento. EE.UU. no era potencia rectora en el siglo 19 como sí lo era el Imperio Británico, hoy reducido en su peso. China no tenía la influencia que adquirió en pocas décadas tras la apertura comercial de Deng Xiaoping. Por lo mismo, la paz es siempre efímera, como lo demuestran la invasión rusa a Ucrania, o el conflicto en Irán y el estrecho de Ormuz, que es parte de la rivalidad entre EE.UU. y China.
Los países menores debemos estar muy atentos. En el caso de Chile, su larga costa en el Pacífico, sus pasos marítimos estratégicos, su cercanía a la cada vez más apreciada Antártica, sus minerales y cielos tienen hoy un enorme valor geopolítico: lo debemos apreciar mejor y resguardar. La política chilena, sobre todo en el Congreso, como nunca debe buscar cohesión ante estos desafíos. El deseable equilibrio comercial entre EE.UU. y China no puede olvidar nuestra pertenencia a la cultura occidental y sus instituciones. Debemos conocer las propias fortalezas, las debilidades —como la baja natalidad— y adoptar políticas claras frente a inversiones en áreas estratégicas, para evitar opacidades como en el caso del cable chino. Descifrar los cambios geopolíticos es un imperativo; asimilarlos y prepararnos para un nuevo e inestable sistema internacional, es vital.