Hace unos días, Lautaro Carmona reafirmó el carácter leninista del Partido Comunista de Chile. Lo hizo en forma pública y sin pedir disculpas ni dar mayores explicaciones. Como ninguna de las figuras públicas del PCCh —Camila Vallejo, Karol Cariola, Jeannette Jara, Daniel Núñez— salió a desmentirlo o a matizar sus dichos, podemos concluir que se trata de una organización política que sigue las doctrinas de Vladimir Lenin.
¿Por qué debiera preocuparnos este tema? Porque Lenin despreciaba la democracia representativa y las elecciones como mecanismo de legitimidad política. En más de una ocasión sostuvo que toda revolución socialista requería una fase violenta: una “dictadura del proletariado”.
Carmona no calificó sus palabras. No dijo: “somos leninistas, pero no creemos en la dictadura del proletariado”. No agregó notas al pie ni aclaraciones metodológicas. Fue más directo: el PCCh es un partido leninista de tomo y lomo.
Justo en estos días me encontraba leyendo el libro del teórico marxista Taruq Ali, “Los dilemas de Lenin”. Nos recuerda Ali que entre la enorme cantidad de escritos del líder bolchevique, uno de los más transparentes es el panfleto de 1918, La revolución proletaria y el renegado Kautsky. Es el mismo texto que muchos tuvimos que leer —con disciplina y cierta reverencia— en los cursos de Marta Harnecker, en la vieja Facultad de Economía Política de la calle República, a comienzos de los años setenta.
Volví sobre ese texto a raíz de los dichos de Carmona. Y la impresión es difícil de eludir: Lenin no es ambiguo. Tampoco es prudente. Es directo, brutal y extraordinariamente claro.
Kautsky —el “renegado”— no era un actor marginal. Era el principal teórico marxista alemán de su tiempo. Su herejía consistía en algo hoy bastante familiar: rechazaba la violencia revolucionaria y defendía la vía democrática al socialismo, con elecciones, parlamento y reformas graduales.
Lenin no discute: ejecuta. Karl Kautsky: “renegado”, “sofista”, “lacayo”, “charlatán”, “oportunista”, “filisteo”, “cretino parlamentario”. No hay disenso: se trata de traición.
Más importante aún es el contenido. Lenin descarta de plano la idea de una democracia neutral. Nos dice: “‘democracia pura' es la frase mendaz de un liberal que quiere engañar a los trabajadores”. La democracia representativa —parlamento incluido— no es un ideal, sino un dispositivo: “un paraíso para los ricos y una trampa para los explotados”.
La regla de la mayoría tampoco impresiona a Lenin. Pensar que los votos resuelven el problema del poder es “el colmo de la estupidez”. Una afirmación que, leída hoy, obliga al menos a una pausa.
En materia de Estado de Derecho, la claridad es aún mayor. La dictadura del proletariado —en su formulación más clara— es el “dominio basado directamente en la fuerza y no restringido por ley alguna”. Un poder “conquistado y mantenido mediante la violencia… no sujeto a ninguna ley”. No hay aquí matices interpretativos posibles.
La igualdad política tampoco sobrevive a este esquema. “El explotador y el explotado no pueden ser iguales”. Y, por tanto, “la supresión de una clase significa su exclusión de la democracia”.
La violencia, finalmente, no es un accidente ni una desviación. Es parte del diseño. “La violencia solo puede ser respondida con violencia”. Y, como recuerda Engels, “una revolución es… la cosa más autoritaria que existe”.
Más de alguien podrá decir que el Partido Comunista de Chile tiene una historia centenaria en la que ha participado activamente en elecciones, coaliciones y gobiernos. Eso es cierto. Pero también es cierto que lo ha hecho, precisamente, desde una lógica leninista. Porque entiende la diferencia entre estrategia y táctica. Porque incorpora la correlación de fuerzas en sus análisis, porque para los verdaderos leninistas —y Carmona nos dice que el PCCh lo es—, la participación electoral no es un fin, sino un medio. Para el leninismo, la democracia representativa es un instrumento.
Desde esa perspectiva, podría decirse que —según esa misma lógica— aún no ha llegado el momento de la dictadura del proletariado. Pero llegará, cuando las condiciones lo permitan. Cuando la correlación de fuerzas sea la adecuada. Cuando la táctica deje paso a la estrategia.
Todo esto está escrito con una claridad que hoy incomoda. No es una caricatura ni una lectura interesada: es Lenin en sus propios términos.
Por eso sorprende —o quizás no tanto— que quienes hoy se declaran leninistas no se sientan obligados a explicar qué parte de ese legado suscriben y cuál no. ¿La crítica a la “democracia pura”? ¿La exclusión política del adversario? ¿El poder sin límites legales? ¿La violencia como principio?
Porque el problema no es que Lenin haya sido claro. El problema es que quienes lo invocan hoy prefieren no serlo.
Sebastián Edwards