Ayer en la mañana, en un seminario de BTG Pactual, el Presidente José Antonio Kast hizo dos comentarios sobre las encuestas que a más de alguno podrían haberle sonado duros. Primero, dijo que “hay que hablar con la verdad y defender con fuerza los argumentos, no rendirse a las encuestas que van y vienen”, y luego agregó: “se legisló en esa época mirando las encuestas. ¿Qué decían las encuestas? Chile quiere esto. Bueno, nosotros nos hemos atrevido a ir en algunos casos en contra de las encuestas cuando tenemos claro que van a llevar a un resultado dañino para nuestros compatriotas”.
Más que leer este mensaje como una crítica por parte del Presidente hacia las encuestas, creo que hay que valorar su mirada.
Y es que cada cierto tiempo reaparece la misma tentación: culpar a las encuestas de los males de la política. Cuando un gobierno cae en apoyo o cuando una decisión impopular se vuelve costosa, siempre hay quienes sugieren que el problema está en la medición. Como si las encuestas distorsionaran la realidad o empujaran a los gobiernos por el camino equivocado.
Es un error culpar al mensajero.
Las encuestas no gobiernan. No legislan. No administran. No toman decisiones. Las encuestas, cuando están bien hechas, simplemente observan, registran y ordenan algo mucho más profundo: el estado de la opinión pública en un momento determinado. Son, en esencia, una herramienta de investigación social. Un espejo imperfecto, por cierto, como toda herramienta humana, pero espejo al fin.
Y los espejos no crean la realidad: la reflejan.
Por eso, cuando un Presidente reconoce un deterioro en su adhesión ciudadana y plantea que debe recuperar la confianza, en realidad está haciendo exactamente lo que corresponde frente a una encuesta: leerla como una señal. No como una condena, sino como una alerta sobre el vínculo entre la ciudadanía y su gobierno.
Ese es el primer punto que conviene defender con claridad. Las encuestas no son enemigas de la política; son una forma de escuchar a la ciudadanía. Le permiten a una autoridad saber cómo están siendo recibidas sus decisiones, dónde aparecen los temores, qué temas se vuelven prioritarios y cuándo se abre una distancia entre la convicción del gobierno y la percepción de las personas. Despreciarlas no vuelve más fuerte a un líder. Solo lo vuelve más ciego.
Porque defender las encuestas no significa someterse a ellas.
Y aquí está la segunda idea, quizá la más importante. También hay que valorar, paradójicamente, la actitud de un Presidente cuando afirma que gobernar no puede consistir en seguir mecánicamente lo que marque el termómetro semanal. Porque una encuesta puede mostrar resistencia, temor o rechazo frente a una medida difícil, pero eso no significa que esa medida sea incorrecta. Lo que sí significa es que el liderazgo político tendrá que hacer más, explicar mejor, corregir cuando corresponda y construir apoyo social para sostener el rumbo.
Las encuestas no llevan a resultados dañinos. Las decisiones mal tomadas, mal explicadas o mal ejecutadas sí lo hacen.
Ese es el punto de fondo. Una mala política pública no deja de ser mala porque sea popular. Y una buena decisión no deja de ser correcta porque al comienzo sea impopular. La historia de cualquier gobierno serio está llena de momentos en que hubo que elegir entre la comodidad del aplauso instantáneo y la responsabilidad del largo plazo.
Liderar, precisamente, consiste en eso.
Consiste en tomar decisiones difíciles, incluso cuando traen costos inmediatos. Consiste en no esconderse de las cifras, pero tampoco arrodillarse ante ellas. Consiste en entender que la encuesta es una herramienta para decidir mejor, no un sustituto de la decisión. Porque la encuesta describe un estado de ánimo; el liderazgo político, en cambio, tiene la tarea más exigente de orientar, persuadir y construir mayorías.
Un gobernante que solo sigue encuestas deja de liderar. Pero uno que desprecia las encuestas deja de escuchar.
Al final, las encuestas no reemplazan la política. La obligan a ser mejor.
Y eso, lejos de ser una amenaza, es una oportunidad.
Roberto Izikson
Gerente general de Cadem