La reciente participación del expresidente Boric y otros dirigentes políticos nacionales en la reunión en Barcelona de la plataforma de izquierda Movilización Global Progresista (GPM), ha generado diversos comentarios. Con todo, llamaron especialmente la atención las palabras del exministro Giorgio Jackson, quien arremetió contra el gobierno de José Antonio Kast: “Quiero compartirles que ellos cometen muchos errores. Son muy buenos haciendo campaña, pero en este primer mes no están demostrando al pueblo chileno que son buenos para gobernar”, dijo. Luego, en tono crítico, comentó las últimas encuestas, destacando la baja en la aprobación presidencial registrada en las últimas semanas.
Lo curioso en este caso no es solo recordar que el gobierno de Boric, a poco más de un mes de haber asumido, tenía una menor aprobación que la que hoy tiene Kast —la encuesta Cadem del 25 de abril de 2022 le daba solo un 36%, frente al 43% que le dio la última medición al líder republicano—, sino que sea precisamente el exministro Jackson quien haga estos juicios. Parece olvidar la cadena de errores e improvisaciones cometidas desde los inicios de la administración encabezada por el Frente Amplio. Entonces, en pocas semanas, se produjo un verdadero hundimiento de la credibilidad en su proyecto refundacional y, lo que es más grave, quedaron en entredicho las reales capacidades de esa generación para gestionar el Estado. La seguidilla de derrotas electorales que llegarían después vendría solo a consolidar esta pérdida de confianza ciudadana que ya no cambiaría.
Uno de los principales responsables de ese descalabro de los primeros meses fue precisamente el entonces ministro de la Segpres, Giorgio Jackson. Fue él quien vinculó el programa de gobierno de Boric al éxito de la Convención. A la previsible parálisis que ello generó, se sumaría la liviandad en cómo desestimó las alertas recibidas, no solo desde la derecha, respecto de lo que ocurría con las normas aprobadas y el funcionamiento del proceso constituyente.
Cabe acordarse también que, en su primer discurso en La Moneda, el Presidente Boric anunció como su medida inaugural el retiro de las querellas por Ley de Seguridad del Estado a los llamados “presos de la revuelta”. Paralelamente, Jackson impulsaría con decisión un proyecto de amnistía para esos presos (el 21 de marzo le daría suma urgencia) y el propio presidente Boric no descartaba recurrir a los indultos (lo que finalmente haría meses después) si no avanzaba en el Congreso. Algunas semanas más tarde, y a raíz de una serie de declaraciones del líder de la CAM, Héctor Llaitul, que amenazaba con nuevos atentados y reivindicaba actos de violencia, el entonces ministro Jackson fijaba la postura del Gobierno en cuanto a que no se utilizaría la Ley de Seguridad del Estado. Agregaba que no presentarían acciones contra las declaraciones de Llaitul porque “no persiguen ideas” (como si reivindicar atentados y llamar a la violencia sea solo eso). Como era de prever, esta postura se hizo insostenible; el Gobierno se vio obligado a rectificar y finalmente presentó las acciones penales correspondientes.
Todo ello, sin mencionar su disparatada propuesta de sustituir al Congreso por el Presidente de la República para efectos de implementar la próxima Constitución, de resultar esta aprobada, ampliando la utilización de los DFL; su comentada participación en las entregas de balones de gas, a propósito del fracasado programa de “gas a precio justo”, en que los balones terminaron costando al Estado casi ocho veces el precio en que se vendieron; sus declaraciones a propósito de las tomas de empresas forestales en que planteó que con la indemnización podría existir un “win-win” para todos; o cuando afirmó que “nuestra escala de valores y principios en torno a la política no solo dista del gobierno anterior, sino que creo que frente a una generación que nos antecedió”, en lo que se entendió como una grave descalificación moral hacia quienes participaron en las administraciones concertacionistas, entre otra serie de actuaciones suyas al inicio del gobierno de Boric.
De ahí que sus palabras en Barcelona den cuenta de falta de autocrítica y hasta de descaro al momento de cuestionar a otros.