Más allá de sus enormes diferencias ideológicas, Kast y Boric podrían tener, en materia de respaldo ciudadano, una suerte de “vidas paralelas”. En los ocho comicios presidenciales que van desde la recuperación de la democracia, ambos, en las primeras vueltas, registran, por lejos, los más bajos resultados: 25,8% en el caso de Boric, en 2021, y 23,9% con Kast, en 2025; y ambos llegaron segundos en sus primeras votaciones.
Siguiendo con las comparaciones, se recuerda que tanto Boric como Kast, en los balotajes, subieron sus votaciones en 30 puntos, alcanzando sobre el 56% de las preferencias. A partir de esos datos se levanta una duda: ¿en materia electoral seguirán siendo Boric y Kast, “vidas paralelas”?
A Boric le tomó un semestre bajar en las encuestas desde un 55% en los días que asumió, a un 35% de aprobación, lugar de donde ya no saldría. A Kast, le han bastado tres semanas para bajar 20 puntos. La pregunta es, ¿le ocurrirá a Kast lo que a Boric?
Esta caída el oficialismo la explica como consecuencia de la crisis energética y un mal manejo comunicacional de Hacienda y de la vocería. Sin embargo, ha ido tomando fuerza la idea de que este no es un asunto puntual, sino uno que afecta el diseño del Gobierno en pleno. Se trata de un mal, frecuente en la política y en la guerra, y que se le describe como un proceso que se inicia con un relativo éxito, para luego dar paso (Toynbee) a una conducta desaforada que lleva al desastre. Ser echado a perder por un éxito inaugural que es real, pero menor, limitado y precario.
En este caso, el hecho que pone en marcha el mecanismo, es el “espejismo” que crean las segundas vueltas. Los análisis reconocen que en los balotajes hay un “voto duro”, que es aquel que el candidato obtiene en la primera ronda, y otro, que se agrega en la segunda, que es “blando” y volátil. El inevitable aumento entre esas dos votaciones —que es el objetivo del balotaje— suele conducir a sus ganadores a un trastorno de la visión política consistente en la sobreestimación del propio poder y a actuar como si la medida de su fuerza fuera el porcentaje obtenido en la segunda vuelta. La presunción de un apoyo de que se carece, alimenta errores, fallas y despropósitos capaces de intoxicar a un gobierno. Algo que le está ocurriendo a Kast, pero que antes afectó a Boric.
Como lo dirían sus adversarios, uno de los grandes errores de Boric fue no entender que en 2021 “el programa original solo obtuvo un cuarto de los votos y los treinta puntos porcentuales añadidos en segunda vuelta se explican por otros motivos…” (Mansuy).
El gobierno de Kast se ha dejado arrastrar por la idea de que el Presidente es titular de una fuerza electoral enorme y sobre esa base ha fijado su retórica, conformado el gabinete y definido un modo de acción. No se trata de pedir al Gobierno que actúe como si el techo de su apoyo fuera el 25% de respaldo inicial, pues sin duda es más alto; pero es erróneo actuar como si todo el sufragio de la segunda vuelta fuera un voto duro, incombustible, que lo acompañará en las instituciones, la calle, los partidos. No es y no será así.
Esa errónea apreciación subestima el desafío que al Gobierno plantea el no tener control efectivo en ninguna de las dos cámaras de un Congreso fragmentado, lo que exigirá enormes habilidades para lograr acuerdos. Sin embargo, contra esa evidencia, el Presidente ha conformado un gabinete que, salvo dos de sus integrantes, carece de densidad y experiencia en ese tipo de negociaciones. A lo anterior, de modo inexplicable, se agrega la negativa a crear una coalición de gobierno.
La sobreestimación del propio poder conduce a una retórica grandilocuente, a un desdén por los adversarios y a minimizar las dificultades que todo gobierno debe enfrentar. Ella arriesga extender de modo imprudente el número de los adversarios. Un buen diseño de gobierno no debiera abrir más áreas de conflicto que aquellas que se pueden enfrentar con razonables posibilidades de éxito. Si se tiene una amplia mayoría se puede justificar actuar en cuatro o cinco frentes a la vez; pero con respaldos menores, hacer de todo ministerio un teatro de confrontación —y todos a la vez— es cortejar el fracaso.
Es muy temprano para responder si la suerte electoral de Kast se asemejará a la que tuvo Boric en sus primeros meses; sin embargo, el desplome en las encuestas en semanas iniciales no permite descartar esa posibilidad. Tal vez esta caída sea entendida como la costumbre de hace siglos, en que a los generales que entraban victoriosos a Roma los hacían acompañar por un esclavo que les iba repitiendo al oído “memento mori” (“recuerda que eres mortal”), un consejo de que no deben dejarse arrastrar ni a la soberbia ni a la fatuidad del poder.