El Presidente Kast anunció hace pocos días su “proyecto para la reconstrucción nacional y el desarrollo económico y social”. Las propuestas, como era de esperar, han dominado la agenda.
No hay sorpresas. El Presidente es consistente con lo que prometió en la campaña: que llegaría a La Moneda a remecer el árbol y hacer cambios, por duros que fueran. Apela nuevamente a la ética del rigor, la misma que quedó plasmada en los primeros días, cuando rechazó activar el fondo estabilizador del precio de las gasolinas.
Las medidas anunciadas responden, sin ambigüedades ni mitigaciones, a la filosofía económica de la derecha más ortodoxa. Es su derecho: lo ganó en las urnas.
¿En qué consiste esa filosofía? Muy simple: en usar el poder político para transferir iniciativa y recursos a los actores privados, sea en su condición de consumidores, de trabajadores, de comerciantes o de empresarios. Menos impuestos a las empresas y a las donaciones, menos costo de la mano de obra, menos contribuciones, menos tributos a los capitales repatriados. No “para favorecer a los ricos”, como se acusa desde la izquierda: para poner más riqueza en los bolsillos de los agentes privados y expropiar poder al Estado. Jaime Guzmán en estado puro.
Para conseguir todo esto hay que tener carácter, especialmente frente a los políticos. No importa su color: estos siempre buscarán resquicios para conseguir un Estado más grande y poderoso. Al Estado pueden capturarlo; a los privados, no.
¿Y cómo funciona el Estado con menos recursos? La respuesta es la de siempre: recortar gastos superfluos —al estilo del DOGE de Musk o la motosierra de Milei— y apostar a que el crecimiento compense la reducción tributaria. La premisa es simple: en manos privadas, los recursos automáticamente se vuelven más productivos, lo que beneficia al país en su conjunto.
Numerosos expertos cuestionan esta presunción. La evidencia comparada los respalda. Pero rara vez una evidencia ha logrado derrumbar una convicción. La convicción de que la baja de impuestos trae consigo crecimiento está en lo más profundo de quienes hoy gobiernan. Es su hora. Está bien que la expliciten y la pongan a prueba.
El Presidente evitó el tono polarizante. Pero las formas no deben confundir: es un cambio de gran calado. “No llegamos aquí para repetir el ciclo anterior, llegamos para romperlo”, puntualizó. Para esto hay que desmantelar lo construido por administraciones anteriores, no solo por Boric o la izquierda, sino desde mucho antes. De lo contrario —agregó—, seguiremos “atrapados en el estancamiento que ha frenado nuestro desarrollo”.
Pero tan importante como lo que dijo es lo que el Presidente omitió. Ni una palabra sobre el contexto internacional, ni siquiera para aludir al alza de las gasolinas. Ese silencio no es neutro.
No puede pasarse por alto que la época de auge de las inversiones y el crecimiento chileno coincidió con una economía mundial en expansión y un orden internacional que ofrecía certezas básicas. Nada de eso existe hoy. La paz —y con ella nuestros propios bolsillos— está en manos de una figura errática y confrontacional, que gobierna mediante la extorsión y el insulto, y que no reconoce aliados ni fronteras sagradas. Podemos remar mejor. Pero contra estas turbulencias, remar mejor no alcanza.
Se entiende que a José Antonio Kast le resulte incómodo referirse al escenario mundial: varios de sus aliados más cercanos son parte del problema. Pero como Presidente de la República tiene el deber de tomar posición. Chile exporta cerca de un tercio de su PIB. El mundo no es accesorio: es el suelo en que pisamos.