Epicentro de las izquierdas fue este fin de semana la ciudad de Barcelona, España. Hasta ahí llegaron miles de dirigentes para participar en la reunión de la plataforma Global Progressive Mobilisation (GPM), así como jefes de gobierno invitados a la cumbre “En defensa de la democracia”, nueva versión del encuentro que el año pasado encabezara en Chile el entonces Presidente Gabriel Boric, quien ahora volvió a concurrir. No fue, sin embargo, el único chileno. También estuvieron figuras del PS, del Frente Amplio y hasta la exministra Camila Vallejo, cuya presentación en el programa del evento curiosamente omitía su militancia comunista, y quien volvió a hablar de uno de sus temas favoritos: los peligros de la desinformación, asunto que ha de conocer, considerando que ella misma como diputada viralizó en más de una ocasión noticias falsas.
Abundaron en esta suma de cumbres los discursos contra la “ultraderecha”, así como la convicción de estar “en el lado correcto de la historia”, proclamada por el anfitrión, el Presidente del gobierno español, Pedro Sánchez. Objeto de repetidos halagos por parte de sus invitados —entre otros, los presidentes Lula da Silva y Gustavo Petro—, Sánchez declaró, eufórico, el “fin de la internacional derechista”, en alusión a los gobiernos de esa orientación que en las últimas semanas han enfrentado algunos duros tropiezos electorales. “Gritan porque saben que su tiempo se acaba”, dijo, usando una frase que —según sus críticos— podría aplicársele a él, habida cuenta de la impopularidad de su gobierno y de los escándalos de corrupción que lo rodean.
Y es que si algo caracterizó a estos encuentros probablemente haya sido la autocomplacencia. Tanta, como para pasar por alto los problemas y contradicciones de algunos de los protagonistas del evento. Ejemplos hubo varios, pero tal vez lo más revelador hayan sido sus posicionamientos frente al tema de Venezuela. Lula, por ejemplo, consultado por la prensa y refiriéndose a Delcy Rodríguez, dijo que “si ella quiere convocar o no elecciones es un problema de ella, de su partido y del pueblo de Venezuela”, mostrando cuán poco parece interesarle la recuperación de la democracia en un país de su propia región. Peor fue lo que sostuvo en una entrevista el viernes Petro, según el cual “en Venezuela existe dentro un gran temor del pueblo y es que regrese Corina (Machado)”, porque ella podría buscar una “vendetta política”. La mejor respuesta a tales dichos la dieron al día siguiente, en la misma España, pero en Madrid, los miles de exiliados que repletaron la Puerta del Sol para ovacionar a Machado, al recibir esta la medalla de oro de la región.
El gesto esperanzado de esa diáspora venezolana no solo contrastó con la frivolidad de los comentarios de ambos presidentes, sino que puso en evidencia los reales límites del compromiso democrático de una izquierda que se escandaliza —a menudo con razón— frente a las acciones de Donald Trump y que celebra la derrota de Viktor Orbán, pero que legitimó por largos años la dictadura de Nicolás Maduro y aún hoy parece preferir la permanencia de una Delcy Rodríguez intervenida por Estados Unidos antes que el eventual triunfo democrático de una figura de signo político opuesto.