El futuro es una necesidad vital. No es solo un tiempo preñado de posibilidades y obstáculos. Lo llevamos dentro como elemento fundamental de cada uno y de cada sociedad para vivir el respectivo tiempo histórico. Este último es esencialmente constitutivo de lo humano. No es un tiempo físico-calendárico que es externo a nosotros.
Vivir plenamente este tiempo tan esencial requiere que la sociedad política deba preocuparse particularmente de que cada uno y todos sus miembros vean despejado y asible su futuro. También es fundamental que cada joven pueda prepararse para plantearse frente al futuro mediante la formación de su personalidad. Y que cada adulto tenga presente que con sus actos contribuye a fortalecer el futuro de los jóvenes y de la sociedad toda, más allá de trabajar para sus afanes cotidianos.
Vivimos proyectándonos al futuro querámoslo o no: vivimos desde el futuro. Cada uno de nuestros actos, por cotidianos que sean, está siempre contribuyendo a abrir o señalar un futuro, de modo que este pueda ser promisorio o positivo. O, por el contrario, cuando se toman caminos de negatividad que llevan a errores y omisiones, este se trueca en una senda perversiva. De aquí que la acción de los gobernantes sea muy trascendente para mantener el futuro como una posibilidad que abra espacios a las personas dentro de la sociedad.
Pero cuando la política se centra en lo presente con exclusión del futuro, el presentismo, característico del mundo en que vivimos, reduce del horizonte social la posibilidad de proyectarse positivamente. El mundo actual está lleno de demandas sectoriales que fatalmente tienden a inmovilizarnos en el presente: las llamadas conquistas sociales constituyen una expresión saliente de este rasgo cultural contemporáneo.
Al concentrarse solo en el presente, la acción política troncha una dimensión esencial de la vida, y se elimina del quehacer personal y colectivo la mística y toda posibilidad de que se manifieste la dimensión espiritual del vivir. En su reemplazo aparecen las pillerías y acciones negativas o que eluden la vida, desplazando lo positivo por inconducente para lograr lo inmediato, sobrevalorando el “ahora”, desconectado de toda proyección.
Aparecen, en cambio, el empobrecimiento material, la erosión institucional y la disgregación social-cultural. Y con ellos la inseguridad, el temor, el rencor, el individualismo como carencia de vínculos con los demás. Es el corolario de la pérdida del sentido del futuro.