Hace 10 años, un 19 de abril de 2016, partió de este mundo don Patricio Aylwin Azócar. Tal vez una buena forma de conmemorar esta fecha sea recordando algunas de sus características, que pueden servir de ejemplo a quienes participan de la actividad política y a nuestros jóvenes.
Aylwin tenía un claro sentido de la ética de la convicción, virtud que se vio reflejada con nitidez en muchas de sus actuaciones públicas. Por ejemplo (y a pesar de las presiones que enfrentó), tuvo el coraje de crear en su gobierno la Comisión de Verdad y Reconciliación, basado en la convicción de que la democracia que renacía debía sustentarse en pilares éticos sólidos. Asimismo, rechazó la posibilidad de incorporar al PC a su gobierno, entre otras razones, por su apoyo sistemático a dictaduras totalitarias de izquierda.
Sin embargo, Aylwin no era ningún iluso. Ejerció su liderazgo con pragmatismo, sabiendo que gobernar no es simplemente hacer lo que se quiere, sino “lo que se puede de lo que se quiere y se debe”. A pesar de que la mayoría de los líderes de la oposición a Pinochet no estaban de acuerdo, Aylwin se la jugó por entrar en el proceso de inscripción en los registros electorales, no porque le gustara la Constitución de 1980, sino porque, como lo sostuvo en su momento, “a pesar de ser ilegítima en su origen, es una realidad”. El tiempo demostró, como es obvio, que se podía transitar pacíficamente de la dictadura a la democracia (“con un lápiz y un papel, sin derramar una gota de sangre”).
Este pragmatismo fue clave para el éxito económico de su gobierno. A pesar de que muchos presagiaban que él no iba a ser capaz de manejar la economía (como había ocurrido con Alfonsín al otro lado de la cordillera), logró cifras de crecimiento económico por sobre el 7%, reduciendo la inflación, el déficit fiscal, la deuda pública y los índices de pobreza e indigencia.
Aylwin siempre tuvo un alto sentido del deber. Por eso aceptó participar (a pesar de los intentos que hubo para que no lo hiciera) en las reuniones convocadas por el cardenal Silva Henríquez con el expresidente Allende para evitar un golpe de Estado (“mientras fuera una posibilidad en un millón, había que dialogar para evitar la ruptura democrática o la guerra civil”); respaldó la acción de Carabineros de Chile en la lucha en contra de la delincuencia y, en su histórico discurso en el Estadio Nacional (a pesar del abucheo inicial), llamó a la reconciliación de todos los chilenos (“sean civiles o militares; sí, señores; sí, compatriotas; civiles o militares, Chile es uno solo”).
Don Patricio nunca buscó el aplauso fácil, rechazó la senda del populismo (sabiendo que es un camino ancho y corto que inevitablemente conduce al precipicio) y optó por el camino de las reformas (con gradualidad y responsabilidad), encabezando uno de los gobiernos más exitosos de la historia de Chile.
A 10 años de su partida, y en atención al descrédito que afecta globalmente a la actividad política, creo que nos hace bien revisar la vida y obra de Patricio Aylwin, no como un ejercicio nostálgico sobre el pasado, sino que para motivar una reflexión en torno a la vigencia de los valores y principios que inspiraron su vocación (de político humanista cristiano) y sobre cómo su testimonio de vida (sobrio, coherente y resiliente) puede ayudar a mejorar el nivel de la actividad política, y a motivar a que los jóvenes con vocación pública se formen bien (los invitaría a leer la Doctrina Social de la Iglesia) y asuman un mayor compromiso en la actividad política.
Patricio Walker Prieto