Corría 1940. Mientras en una conferencia en New Hampshire se demostraba por primera vez que una computadora podía operarse a distancia, Walt Disney enfrentaba un dilema: ¿debía ser Mickey o Donald “la” estrella? El ratón se había posicionado como emblema, pero la popularidad del pato crecía. La película “Fantasía” (1940) saldaría la disputa. En ella, Mickey es protagonista y Donald no muestra ni una pluma. Así, el ratón se aseguraba la categoría de ícono para siempre.
¿Fue el éxito inicial de la película lo que catapultó a Mickey? No, fue un fracaso de taquilla. ¿Quizás el hecho de que, en el filme, el personaje se alejara de la seriedad que había cultivado, acercándose al perfil más cómico de su competencia? Eso gustó a la generación de los 40, ¿pero y a las siguientes? No, por ahí no creo que vaya la cosa.
Me juego por otra tesis: hay una escena en “Fantasía” que, gracias al avance tecnológico, no ha hecho más que ganar relevancia y que explica la eterna fascinación por Mickey. Me refiero a “El aprendiz de hechicero”. Por si no la recuerda, la resumo.
Mickey trabaja como asistente de un hechicero que le había encomendado la tediosa tarea de llevar agua en baldes a su taller desde una fuente ubicada varios pisos más abajo.
Era el fin de la jornada para el brujo y, al marcharse, deja su gorra mágica en el lugar. Mickey se la pone e, imitando al maestro, lanza un conjuro sobre una escoba. A esta le salen brazos y pies. Luego es instruida por el atrevido ratón a tomar baldes, bajar las escaleras, llenarlos de agua, subirlos y vaciarlos en el recipiente. Así, cual robot con inteligencia artificial, el utensilio encantado repite la secuencia una y otra vez. El ayudante se relaja hasta dormirse, mientras el agente autónomo continúa la rutinaria tarea.
Mickey despierta con el agua hasta el cuello y, desesperado, destruye al autómata con un hacha. En una mezcla de Terminator y Gremlins, la escoba no solo se reconstruye, sino que se multiplica. Más robots, más agua, más inundación, el aprendiz colapsa. El caos se interrumpe cuando el hechicero retorna y, con otro conjuro, corrige la tremenda embarrada.
La secuencia es visionaria y con los años solo ha ganado vigencia. En una época en que recién las computadoras podían ser operadas remotamente, ver en la pantalla las consecuencias de la automatización desatada hipnotiza. Ahora, dado que tal posibilidad no ha hecho más que expandirse en el tiempo, mayor es la simpatía por la pobre laucha.
Pero hay algo más y tiene que ver con su desenlace. Generaciones pueden haber captado la clave: aprovechar el avance tecnológico y ganar productividad requiere ser experto. En momentos en que los agentes de inteligencia artificial pueden reemplazarnos en tareas sofisticadas, y los robots ganan más protagonismo que Donald y Mickey juntos, ese mensaje no es fantasía. Para utilizar eficazmente las máquinas (y no ser sustituido por ellas), no basta con ser aprendiz, hay que educarse para ser hechicero.