Se cumplen diez años de la muerte de Patricio Aylwin, un personaje clave en la historia reciente de Chile. Recordarlo en este momento no es un acto de nostalgia, sino una obligación política y moral.
Ante el actual ambiente de polarización que vivimos y por la conducta de un gobierno que no busca acuerdos, es útil y necesario rememorar un liderazgo que hizo posible el tránsito hacia la democracia con un propósito fundamental: unir a los chilenos.
Aylwin tuvo muchos roles en su larga vida pública. Pero lo que lo instala en la historia grande es que, como dirigente, trabajó para que una sociedad fracturada se reconstruyera, y lo hizo en un contexto absolutamente improbable, debido al peso de las fuerzas que sostenían a la dictadura.
Esa porfiada vocación fue posible porque supo captar en toda su magnitud el significado de la ruptura del 73, de la cual fue protagonista, y su saldo dramático en muertes, cárcel, tortura y exilio, así como la destrucción del patrimonio institucional y social construido en común a lo largo de nuestra historia.
Aylwin fue parte de esa tragedia y desde aquel lugar elaboró su idea acerca del Chile posible tras la recuperación de la democracia. No solo pesó en esto su papel como presidente de un partido que se opuso al gobierno de Salvador Allende, sino porque también, y muy tempranamente, fue uno de aquellos abogados que recurrieron ante un Poder Judicial obsecuente y corrupto, haciendo presente la ausencia de un Estado de Derecho y las permanentes violaciones a los derechos humanos.
Lo de él fue una ingeniería fina que se cimentó en muchos días y noches de reflexiones sobre cómo, a través de instituciones robustas y de una sólida cohesión social, podría abrirse un camino de paz y futuro para un país que llevaba gran parte del siglo 20 atravesado por la conflictividad.
Entre otras cosas, entendió y practicó que frente al divisionista lenguaje autoritario había que oponer otro, amable e integrador, que nos acercara y nos permitiese a todos sentirnos parte de una misma comunidad.
Aylwin fue sin duda el arquitecto de esa construcción inestable e incierta, pero finalmente virtuosa que llamamos “recuperación de la democracia”.
Sin su liderazgo, probablemente no gozaríamos de muchos de los mínimos estándares de convivencia política y social con que hoy contamos y que nos parecen evidentes: vivir en libertad, tener una convivencia cultural que admite diferencias, la existencia de derechos sociales básicos para todos. Y, lo más grave, todavía estaríamos luchando por ellos.
Muchos, en ese tiempo, arriesgaron sus vidas por pensar distinto o por sostener que la pobreza no es una condición natural y debe ser enfrentada con políticas públicas y redistribución tributaria.
Al releer El reencuentro de los chilenos, libro sobre la vida política del Chile reciente escrito por Aylwin —cuyo contenido relata lo difíciles que fueron los años de división durante la Unidad Popular, y también lo trágico y dramáticos de los tiempos de dictadura— resulta muy claro que el autor entiende que su tarea no era solo volver atrás para reconocer las causas de la tragedia que condujo al Golpe, sino también que era imperativo actuar con decisión para transformar el sentido de esta historia. Leer este libro es una obligación para quienes en el Chile de hoy aspiran a que avancemos hacia una sociedad que progrese con todos, donde ser y pensar distinto no sea castigado y en la cual el anhelo de justicia social no sea considerado una quimera, sino, al contrario, el motivo que inspira el trabajo de los políticos y del Gobierno.