Nadie dijo que era fácil gobernar. Ese ha sido el duro golpe de realidad de este Gobierno.
Como les ha pasado a casi todos.
Y Kast no es la excepción.
Un conjunto de improvisaciones, autogoles, errores comunicacionales y errores de diagnóstico han significado una partida compleja. Si no hubiera sido precedido de una crítica profunda al gobierno anterior, se habría notado menos, pero las expectativas en política son demasiado importantes. Y este Gobierno llegó con un cierto tufillo refundacional.
Alguien podría decir que tuvieron mala suerte con la crisis de Irán, pero todo gobierno se encuentra con cosas inesperadas. Basta recordar a Piñera que asumió 15 días después de un 8.8.
Pero si bien Oscar Wilde decía que no hay segunda vez para dar una primera impresión, es cierto que queda mucho camino que recorrer todavía. Y es cierto que están presentes en la sociedad chilena dos traumas que ayudan a contener cualquier desafección: El pobrísimo gobierno de Gabriel Boric y —en especial— la grotesca actuación de la oposición a Sebastián Piñera. Ambas cosas son, paradójicamente, el mayor capital que tiene el actual Gobierno.
Así las cosas, esta semana se presentó la “ley miscelánea”, la “ley ómnibus”, la “ley tutti frutti” o la “ley de reconstrucción” según se prefiera. En una tiesa cadena nacional, el Presidente dio a conocer el proyecto, que en términos generales apunta en la dirección correcta.
Como siempre, hubo alabanzas de un lado y críticas del otro. Eso es esperable. Lo que es desolador es que la oposición se colgó del discurso radical para torpedear el proyecto. El manoseado discurso de ricos versus pobres.
Existe una vieja y legítima discusión sobre si la baja de impuestos permite recaudar más. La vieja curva de Laffer (bajas los impuestos, subes la recaudación), que parece teóricamente darse alguna vez, no suele ser la regla. Así las cosas, es legítimo preguntarse de dónde se sacarán los recursos que faltan, es justo preguntarse sobre las compensaciones. Pero levantar la lucha de clases es absurdo. Y ese es el libreto usado por la oposición. O casi toda ella.
Por lo demás, si bien lo de Laffer no suele darse, sí ha sido empíricamente probado que la baja de impuestos genera incentivo a la inversión y que ello genera empleo y crecimiento. La contracara es haber pensado que subir y subir los impuestos a las empresas en Chile no tendría efecto. Y los resultados están a la vista.
La estrategia de la oposición es insólita, dado que el propio Mario Marcel propuso en su momento la baja del impuesto a las empresas. Y dado que Carolina Tohá lo planteó en su programa.
Antes era plausible, ahora se trata de privilegiar a los ricos.
Totalmente absurdo.
Los primeros “economistas”, antes de Adam Smith, fueron médicos (Locke, Petty, Quesnay). Todos ellos asociaron la economía con el cuerpo humano: Un sistema interdependiente que se ve afectado por el entorno. Pues bien, la economía chilena es indudable que está asfixiada por la permisología, tramitología, impuestos, leyes absurdas y leyes razonables pero que tienen efectos (baja jornada laboral, aumento de salario mínimo, aumento de cotizaciones, etc.). La economía chilena es un cuerpo maltratado y maloliente.
Es necesario, indudablemente, liberar al cuerpo para que pueda retomar la vitalidad. Y ese beneficio es para todos, partiendo por los más pobres.
La oposición puede discutir de compensaciones, puede discutir de prudencia. Puede discutir técnica y políticamente.
Lo que no se puede es seguir en la caricatura.
A Chile le ha costado demasiado caro…