En las caóticas turbulencias desencadenadas por el Presidente Trump, resaltan su desprecio por el derecho internacional y menosprecio por los embajadores y la diplomacia profesional.
En medio de la guerra del Golfo Pérsico, Estados Unidos carece de embajadores en Arabia Saudita, Qatar, Irak y Emiratos Árabes. De 195 embajadas, sobre cien están vacantes.
Aunque es corriente el contacto directo entre jefes de Estado, la ausencia de embajadores crea un vacío significativo para prevenir y resolver, en terreno, situaciones que comprometen los intereses del respectivo país.
El nombramiento de embajadores de Estados Unidos es más complejo que en Chile. El Senado norteamericano suele prolongar por meses, hasta indefinidamente, su aprobación, trámite inexistente en nuestra Constitución, en que tal designación es facultad exclusiva del Presidente, con responsabilidad del canciller, encargado de asesorarlo y obtener la conformidad, agrément, del gobierno receptor del embajador.
En la primera administración del Presidente Trump no hubo embajador residente en Chile, fracasaron sus intentos de aprobación por el Senado. Esta vez, Chile fue distinguido por Trump con un pronto nombramiento de embajador de reconocida trayectoria pública, prestigio y acceso a la Casa Blanca.
El personalismo de Trump se refleja desde su primera administración. Entonces nombró sobre un 40% de embajadores políticos, no profesionales. En su segundo gobierno, ha nombrado embajador en Francia a un consuegro, y en Grecia, a una exnovia de su hijo Donald. Más importante es la designación de su yerno, Jared Kushner, y del empresario Steve Witkoff en las trascendentales negociaciones sobre paz en Ucrania, Gaza e Irán.
Los nombramientos de los embajadores políticos son seguidos atentamente por la opinión pública, y su gestión, sea por inexperiencia y a veces por sus antecedentes, suele restarles eficacia, acarrear costos políticos a sus gobiernos y ser efímeros en sus cargos.
Estados Unidos difiere de la gran mayoría de los países, que prefieren fortalecer su diplomacia limitando los nombramientos de embajadores por razones políticas, a veces a menos de diez, y justificados por reconocidas trayectorias e influencia en el sector público o privado. Es el caso de Europa, y en la región, de Perú y Brasil, lo que debería ser un modelo al cual Chile debiera transitar y no ha sido el caso, en este y anteriores gobiernos.
En una de las épocas más críticas de la historia moderna para la seguridad y bienestar de los pueblos, el recambio de embajadores es una buena oportunidad para reforzar el oficio diplomático y, en cambio, parecería que aumentan las designaciones políticas.