Señor director:
Hay un dato que viene de las ciencias naturales y que es relevante en la discusión sobre la vigencia del matrimonio. El humano es el animal de vida larga que más tarda en madurar para enfrentar la existencia que “le venga encima”. Veinte años, otros piensan que veinticinco, tarda el animal racional en desarrollarse en todos los planos. Hay animales que en 48 horas ya se procuran el alimento.
Por esta lenta evolución, el hombre necesita de la protección que le proporciona un hogar, que cuando se organiza en torno a una pareja que suscribe un contrato civil o se acoge a un sacramento, tiende a ser más estable. De este modo, la evolución temprana de la hija o hijo hasta los 20 años y algo, incorpora el cariño, la experiencia, el estímulo intelectual, la noción de los límites y de las virtudes que la vida humana requiere para ser más fructífera.
Quienes no son protegidos de esa manera tienen el mismo valor y dignidad, pero adquieren menos condiciones de las que ayudan a formar personas que viven mejor en sociedad. La clave es la estabilidad que en el hogar puede fomentarse a través del fundamento de la relación matrimonial.
De paso, aprovecho para felicitar a los profesores Otto Dörr y Jorge Peña, por defender el matrimonio que destaca aun en la bruma de la “multicausalidad” que se esgrime por algunos como explicación para la violencia.
Carlos Larraín P.