La “relación privilegiada” que tenía Giorgia Meloni con Donald Trump sufrió un fuerte enfriamiento esta semana, producto de la defensa que hizo la Primera Ministra italiana del Papa León XIV, luego de que el Presidente de EE.UU. arremetiera contra el Pontífice por sus cuestionamientos a la guerra en Irán. Meloni consideró “inaceptables” las palabras de Trump contra el Papa, lo que le valió ser ella misma objeto de ataque por parte del mandatario norteamericano, quien incluso puso en duda su valentía. Frente a ello, la Primera Ministra ha recibido el apoyo explícito de las principales figuras de su coalición, en un episodio que marca un hito en el distanciamiento entre los líderes de ambos países, y que también refleja la creciente impopularidad de Trump en Europa y en el resto del mundo. Revelador es que incluso el español Santiago Abascal, líder de Vox, un firme aliado del trumpismo, saliera ayer a expresar su apoyo a la premier italiana.
Meloni era considerada una de las figuras del Viejo Continente más cercanas al movimiento MAGA y, como tal, fue la única líder de la Unión Europea que asistió a la inauguración del segundo mandato de Trump, en Washington. Desde entonces, había mantenido un astuto equilibrio en su relación con el norteamericano, manejando con discreción las diferencias. Sin embargo, en un momento en que esas diferencias se han ahondado notoriamente, y sensible a una opinión pública italiana cada vez más crítica de Trump y contraria a la guerra de Irán —cuyos efectos económicos golpean al país—, la premier ha asumido un tono más directo. Ello, además, cuando Meloni acaba de sufrir una derrota interna relevante, en el reciente plebiscito de su proyecto de reforma judicial. Es en ese contexto que se debe apreciar su defensa del Papa. Según uno de sus ministros, “ella dijo exactamente lo que todos los italianos piensan”. Y, de hecho, hasta ha recibido el respaldo de Elly Schlein, la líder del Partido Democrático, el más importante de la oposición. “Ningún jefe de Estado extranjero puede dirigirse con esta grave falta de respeto hacia nuestro país y nuestro gobierno”, dijo.
Cuando Meloni ganó las elecciones, en septiembre de 2022, con un discurso duro, antiinmigración y euroescéptico, muchos temieron que Italia tomaría un camino de confrontación con la Unión Europea, en la línea de la Hungría de Viktor Orbán, cuando la guerra de Ucrania estaba en sus inicios y sectores de su coalición mantenían vínculos con Rusia. Lejos de ello, la premier adoptó una posición moderada y fue enrielándose en la política europea, demostrando ser una dirigenta pragmática, que medía sus pasos y que no tenía ninguna intención autoritaria. Así, archivó su euroescepticismo, apoyó las ayudas a Kiev, respetó los límites fiscales de la UE y, en general, estuvo de acuerdo con sus pares europeos en la mayoría de los temas de interés común, sin dejar de lado su principal preocupación, la inmigración ilegal.
Al llegar Trump por segunda vez a la Casa Blanca, Meloni estaba en la mejor posición para ser un puente entre el Presidente y los socios europeos. Pero muy pronto surgieron los roces por el tema de los aranceles, de los cuales no se salvó Italia, y por el gasto en defensa de la OTAN, el que EE.UU. quiere que suban al cinco por ciento del PIB; los italianos apenas gastan el 1,4 por ciento. En definitiva, Meloni quedó en la difícil posición de tener que demostrar ser una aliada confiable de la UE, a la que necesita para salir de las dificultades económicas que le acarrea su enorme deuda, o estar más cerca de EE.UU. En los últimos meses, mostró que definitivamente no sería una incondicional. Así, en enero, criticó las amenazas de Trump de tomar Groenlandia; en febrero, dijo que Italia no estaba en guerra ni la quería; en marzo, no autorizó a aviones norteamericanos usar sus bases militares para operaciones contra Irán, para culminar con la negativa a enviar fuerzas al estrecho de Ormuz. Era previsible que la relación con Trump, ya dañada, difícilmente soportaría su defensa del Papa. Un episodio que, sumado a la derrota de Orbán en Hungría, dejó al mandatario estadounidense esta semana aún más lejos de Europa.