La violencia ha sido parte de lo humano desde el origen de la vida. Ha sido una fuerza inevitable e indomesticable. Existe bajo muchos rostros y fluye por variados cauces. La violencia es paradójica. Duele, pero sabemos que no existe vida sin desgarros, quiebres, rupturas y golpes. La destrucción viene inscrita en la propia naturaleza. Bien lo conocemos en Chile, donde la violencia natural nos azota a menudo.
La violencia es cotidiana. Emerge en gritos, ofensas, golpes, pensamientos, rumores, hostigamiento y crueldad. En el dolor del parto y en el desamparo de la muerte. La ejercemos contra otros y contra nosotros mismos.
La violencia provoca placer. Cuánto cine, series de TV, novelas y videojuegos están centrados en la violencia. La violencia es un motivo que abunda en el arte. La violencia ha sido central a las religiones, en todas está representado el sacrificio. La violencia irrumpe de formas interminables y en diversas expresiones. Es también una industria millonaria. La venta de armas, de droga, el tráfico de migrantes y la trata de personas son los negocios ilícitos más lucrativos. La violencia le pertenece al mundo, es parte de su estructura.
La violencia más obvia es la física. Pero también hay una simbólica, esa que es inherente al lenguaje y que está detrás del bullying, el ciberbullying y otras formas de maltrato y discriminación.
Hasta las fuerzas emancipadoras se vuelven crueles. La violencia del Estado como motor de redistribución de la renta petrolera que en nombre del pueblo terminó en pobreza extrema, desapariciones forzadas, detenciones arbitrarias y apremios ilegítimos. La violencia del que para terminar con la violencia de las maras concentra el poder en sí mismo, elimina el debido proceso y, con eso, la justicia.
La violencia golpea en lugares creados para el diálogo y la educación. Una profesora asesinada por un estudiante, una ministra acechada en una universidad. Establecimientos que fueron motores de movilidad social —creados precisamente para terminar con la violencia de la exclusión— hoy se convierten en escenarios de otra violencia. Todos, hechos que no tienen justificación alguna.
Hannah Arendt lo advirtió con claridad: la violencia no es la forma extrema del poder, sino su sustituto —aparece donde el poder legítimo se ha retirado o nunca existió (Sobre la violencia, 1969)—. Cuando las instituciones están ausentes en el territorio o no producen reconocimiento, cuando la escuela es un lugar de humillación silenciosa y el trabajo es precario o inexistente, la violencia llena ese vacío simbólico. No como patología individual: como lenguaje. Como la única forma disponible de afirmación en un mundo que no da lugar.
En el margen, la violencia se vuelve una ética, un modo de vida, una elección racional. Confiere lo que el camino correcto nunca confirió. Ser parte de una banda criminal ofrece respeto, una chapa, poder, pertenencia, lealtad, dinero e identidad. ¿Para qué partirme el lomo trabajando duro, como mis padres, solo para seguir siendo pobre? Ese es exactamente el argumento de “Los Buenos Muchachos”, esa magnífica película de Scorsese: “As far as I can remember: I always wanted to be a gangster”.
Es la violencia de la tiranía de la meritocracia (Sandel, 2019), esa de la promesa de cierto liberalismo: el éxito es fruto del esfuerzo personal. Es la más desgraciada de las mentiras —y, seguramente, uno de los varios drivers del estallido social—. Cuántas personas se esfuerzan y les sigue yendo mal. Y cuántas personas se esforzaron poco y les fue bien. El fracaso se vuelve una condena moral, no solo material. Eso es lo que destruye la dignidad y alimenta el resentimiento. La pobreza deja de ser una injusticia y se convierte en un juicio: son pobres porque quieren.
Cuando nos asola la violencia, emergen quienes llaman a condenarla, como si anatematizarla fuera un conjuro capaz de silenciarla. Para terminar con ella hay que comprender por qué ocurre: identificar cuál es esa violencia que no vemos y que genera la violencia que sí vemos. Y abordar sus causas de fondo.
Aquí radica el peor mal de nuestra política. Un mal que crece y se agudiza. Nos quedamos sin reflexión ética, abandonamos las ideas, dejamos de buscar las causas, desconocimos la evidencia fruto de la investigación. Todo eso lo reemplazamos por emociones fugaces, cuñas estridentes, reels, eslóganes fáciles y cortoplacismo. La política se ha vuelto el reino de las medidas reactivas —esas que son comunicacionalmente efectivas— y hemos olvidado el trabajo lento, pero fecundo de las medidas preventivas.
Mientras el debate se quede en la condena de la violencia visible, no tocará aquella que la produce.