El cristianismo no tiene una única manera de ser familia. No tiene por qué tenerla. Lo fundamental, en su caso, es que cualquier forma de familia incorpore los valores del Evangelio.
A lo largo de dos mil años, el cristianismo ha procurado vivirse en diversas formas de familia. Lo decisivo ha debido ser siempre la primacía del Reino de Dios. Llama la atención que Jesús, en los episodios que se refieren a estos vínculos, sea a menudo exigente. Recuerda Marcos sus palabras: “¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?... El que cumple la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre” (Marcos 3,31-35). Lucas recuerda una exhortación suya que estremece: “Si alguno viene a mí y no ‘odia' a su padre, madre, mujer, hijos, hermanos y hermanas… no puede ser mi discípulo” (Lucas 14,26). Estas expresiones no se pueden tomar al pie de la letra. Son metafóricas. También está esta otra, en la cual Jesús relativiza el vínculo con su madre: “Mientras él decía esto, una mujer de entre la gente levantó la voz y dijo: ‘¡Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron!'”. Para Jesús lo que realmente cuenta es otra cosa: “Pero él respondió: ‘Dichosos más bien los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen'” (Evangelio de Lucas 11,27-28).
Los chilenos y chilenas llaman “familia” a las agrupaciones humanas que, en innumerables casos, giran en torno a las madres. Suele suceder, además, que un matrimonio cría hijos de relaciones anteriores. La familia popular se va constituyendo a lo largo de los años. La casa propia suele ser lo último. Pero una mediagua en un campamento también puede servir.
Bajo este techo u otro, en estas familias lo que cuenta es, sobre todo, el amor. Este constituye la reserva moral que permite ayudarse y cuidarse mutuamente. También lo son la amistad y la solidaridad con los vecinos, cuya precariedad de vida obliga a estrechar los vínculos. Se trata de ganarse el “pan de cada día”, de aspirar a que los hijos tengan una buena educación, de educar en la honestidad y de generar relaciones de confianza. El respeto es igualmente importante, así como la comunicación. Es necesario poner límites, evitar un callejeo excesivo y las malas juntas, acoger a niños que han quedado solos en la población, recibir a familiares que no tienen dónde vivir y transmitir la fe a los hijos.
La Iglesia valora al máximo estos esfuerzos. Por eso, en las eucaristías, personas que no han podido casarse por la Iglesia participan también de la comunión. Si la Iglesia no fuera para los pobres, no sería cristiana. Bajo el techo de sus humildes capillas, todos caben.
En una perspectiva cristiana, si el Estado quiere generar políticas públicas para apoyar a las familias chilenas, convendría comenzar por conocer lo que los pobres valoran para sostener sus familias. Aprender de ellos y apoyarlos en lo que parezca necesario, y reunir, como prioridad, los recursos para hacerlo.
Jorge Costadoat
ITER
Universidad Alberto Hurtado