Señor Director:
Las imágenes de violencia en los colegios, los delitos protagonizados por jóvenes y el consumo de drogas entre niños y adolescentes se han vuelto parte recurrente de la contingencia y los indicadores. La pregunta de fondo es qué estamos haciendo —como sociedad— para ofrecer alternativas reales que permitan a las nuevas generaciones crecer en entornos más seguros, con referentes claros y proyectos de vida posibles. En ese escenario, el deporte se instala como una herramienta social y educativa urgente.
Chile ya supo vivir el impacto positivo de una generación deportiva que nos enseñó que competir al más alto nivel era posible. El tenis y el fútbol no solo entregaron triunfos, también construyeron relatos de esfuerzo, disciplina y pertenencia que inspiraron a miles de niños y jóvenes.
Desde mi experiencia en el deporte profesional, puedo afirmar que el talento sigue presente. Está en las canchas de barrio, en los clubes, en los colegios y en las universidades. Sin embargo, el talento por sí solo no basta. La ausencia de espacios deportivos sistemáticos, de entrenadores formados y de políticas públicas consistentes deja a muchos niños y jóvenes sin alternativas estructuradas, expuestos a entornos donde la violencia, la delincuencia y las drogas aparecen como caminos disponibles.
El deporte debe ser parte estructural del sistema educativo. No como un complemento optativo, sino como una política preventiva concreta.
El trabajo deportivo entrega reglas claras, fomenta el respeto por la autoridad y, además, enseña a manejar la frustración y canaliza la agresividad en marcos de convivencia. En una cancha hay normas, consecuencias y objetivos compartidos.
Para muchos jóvenes, el equipo, el taller deportivo o el entrenador se convierten en un referente positivo, capaz de ordenar rutinas, estructurar el tiempo libre y ofrecer reconocimiento desde el esfuerzo y no desde la transgresión.
En este desafío, las universidades también cumplen un rol clave. El deporte universitario permite dar continuidad a los procesos formativos, refuerza habilidades socioemocionales, como el trabajo en equipo, la perseverancia y el autocontrol. Herramientas que no solo sirven para competir, sino para desenvolverse en la vida.
Fernando González
Extenista
Subdirector del Instituto del Deporte y Bienestar de la U. Andrés Bello