Señor Director:
Llegué temprano a la casa de mi mamá para hacer teletrabajo y noté que no estaban mi abuela ni mi tía. Al preguntar, me explicaron que habían tenido que ir a la institución encargada de su pensión; le enviaron un correo indicando que debía actualizar sus datos personales para confirmar que está viva y así seguir pagándole.
Si bien entiendo el fondo del ejercicio —existen familias que siguen cobrando pensiones tras el fallecimiento del beneficiario—, me parece anacrónico que mi abuela, de 96 años, deba trasladarse a una oficina para decir que es ella y que sí, que aún está viva y que sí, deben seguir pagándole.
En un mundo de datos interconectados, resulta incomprensible que la burocracia siga exigiendo la presencia física de la fragilidad para validar su existencia.
Myriam Bustos Verdugo
Periodista