El ataque militar de Estados Unidos contra Irán ha ido acompañado de una ofensiva diplomática en la que el Presidente Donald Trump ha denostado a todos aquellos líderes que no han apoyado la incursión bélica, provocando serios distanciamientos con sus aliados europeos y complicando a otros mandatarios debido a los efectos que la prolongación del conflicto tiene en términos geopolíticos, económicos y de gobernanza internacional. Trump ha mostrado ser un jugador audaz, actitud alentada por el éxito de algunas de sus apuestas más riesgosas. Esta vez, sin embargo, la prolongación de la guerra y el creciente descontento de la población norteamericana parecen estarle pasando la cuenta: se lo ve ofuscado, mientras que las agresiones verbales e insultos, en lugar de encender a sus seguidores como solían hacerlo, empiezan a incomodarlos.
Recientemente, el foco del Presidente norteamericano se centró en el Papa León XIV, quien ha mantenido una postura crítica frente a la guerra y que la semana pasada levantó la voz para calificar como “inaceptables” las amenazas de Trump de querer terminar “con toda una civilización”. El mandatario, mediante un posteo en redes sociales, acusó al Pontífice, entre otras cosas, de ser “terrible en política exterior” y “débil ante el crimen”, pero además, subió una imagen intervenida en la que se veía al propio mandatario como una suerte de Jesús sanando a los enfermos; la imagen, que generó repudio en el mundo cristiano, fue posteriormente borrada y Trump aseguró que no había sido su intención compararse con Cristo, sino solo con un médico. El Papa, el primer norteamericano en asumir dicho cargo, ha demostrado —en estos más de 10 meses de pontificado— moderación, prudencia y cautela al referirse a la contingencia estadounidense. Sin embargo, fue en vuelo a Argelia durante su visita apostólica a ese país cuando, en conversación con los periodistas, endureció su discurso, señaló “no temerle al gobierno de Trump ni a hablar en voz alta del mensaje del Evangelio”, e instó a trabajar por la paz.
La condena a las afirmaciones del mandatario estadounidense contra el Pontífice ha sido transversal —incluida una declaración de respaldo de los obispos chilenos— y sucede en momentos de resurgimiento de una búsqueda de religiosidad en Estados Unidos, especialmente entre los jóvenes, según pudieron constatar los obispos católicos, por el considerable aumento de la participación de fieles en las liturgias de Semana Santa. En un pueblo, como el norteamericano, donde más del 60 por ciento se declara cristiano y cerca del 20 por ciento dice ser católico, el inédito ataque presidencial al Pontífice podría tener repercusiones en la adhesión presidencial, pues son precisamente creyentes los que conforman una parte significativa de su apoyo electoral. Ya los últimos sondeos han revelado un aumento de la desaprobación entre los cristianos respecto de la forma de gobernar del Presidente Trump, especialmente en relación con su comportamiento ético, según datos del Pew Research Center, lo que podría ser determinante en las elecciones parlamentarias de noviembre, donde está en juego el control republicano de la Cámara de Representantes y del Senado.
El efecto político que la acción bélica en Irán pueda tener en el escenario estadounidense aún es difícil de determinar, pero los dichos del Presidente contra León XIV podrían contribuir a mermar la adhesión actual al gobierno de muchos creyentes, que ven en la arremetida presidencial una vulneración al debido respeto por la creencia religiosa de millones de fieles y una descalificación sin precedentes de una autoridad religiosa.