La separación entre el hogar y el trabajo —se lee en uno de los textos de Max Weber— es uno de los principios que impulsó a la sociedad moderna. Como en el hogar imperan los afectos, la racionalización formal solo pudo expandirse fuera de él. Y es que entre ambos ámbitos median distintas reglas: lo que es virtuoso en uno puede no serlo en otro. En esa misma idea insistió el gran sociólogo Talcott Parsons. Observó que existían ámbitos de la vida, como la casa, en que imperaban el compromiso afectivo, y otros, como el trabajo, en el que se acentuaba la evaluación del desempeño; unos en los que el vínculo se establecía en base a criterios particulares, como el apellido, y otros en los que se aplican criterios universalistas aplicables en principio a todos.
Para ambos, una cosa es el lugar donde se trabaja y otra cosa el lugar de la afectividad familiar.
La reunión del Presidente Kast con sus compañeros de universidad debe ser analizada (no juzgada, analizada), no preguntando quién pagó qué o quién sirvió a quién, ni nada semejante. Este no es un asunto de probidad ni nada que se le parezca.
Es una cuestión de símbolos, de esas líneas invisibles que dibujan, sin que nos demos cuenta, los diversos ámbitos de la vida social.
Lo que ocurrió en esa reunión es que —como tantas veces ha pasado, hay que reconocerlo— por algunas horas se desdibujó esa línea simbólica que hace que el sitio gubernamental tenga algo de solemne y de sacro, perdiendo así, transitoriamente, esa aura. Se trata, por supuesto, de un asunto inevitable cuando, como es el caso, el Presidente habita en el sentido doméstico de la expresión (no en el sentido de Gastón Bachelard en que lo empleaba Gabriel Boric) la casa gubernamental. Pero inevitable y todo, ello no evita el riesgo de que la domesticidad invada lo institucional. Cuando las cosas deben ser al revés: lo institucional debe reprimir la domesticidad.
No ocurre lo mismo cuando el Presidente reside en un lugar distinto, aunque lo que allí se realice sea pagado con recursos públicos. Fue el caso del presidente Boric. En su residencia recibía amigos y realizaba celebraciones de índole doméstica. También fue el caso del presidente Piñera, en la residencia de Cerro Castillo, donde también acontecían reuniones sociales. En estos casos, la queja podría haber sido relativa a los recursos públicos que allí se gastaban, pero no había motivos para quejarse por la cuestión simbólica.
En el caso de la reunión a la que invitó el Presidente José Antonio Kast, en cambio, no hay problema de recursos, ni de probidad, ni nada de esa índole. Lo que hay, al revés de lo que ocurría con las celebraciones del presidente Gabriel Boric, es una cuestión simbólica, que consiste en la dificultad de sostener entre selfis, palmetazos, bromas y los gestos propios de la comensalidad entre amigos, esa línea que traza el ámbito sacro de lo institucional, sobre todo cuando el lugar donde ella se dibuja es también el lugar de la domesticidad.
El presidente Gabriel Boric solía decir que habitaba el cargo de Presidente, queriendo decir con ello que se familiarizaba con el rol desde su subjetividad. El Presidente Kast habita la casa presidencial en un sentido más directo: trabaja allí, pero también desenvuelve su vida privada y su domesticidad.
Y así como al presidente Boric se le pedía cierta formalidad para que de veras lograra habitar el cargo, al Presidente Kast hay que recordarle que la formalidad que él exhibe, lo que está muy bien, no debe estropearla cometiendo el error de ceder a la domesticidad.
Carlos Peña