Tal vez pocos políticos le deban tanto a Donald Trump como el Presidente del gobierno español, Pedro Sánchez. Enarbolando el eslogan “No a la guerra” y jugando a erigirse como gran contradictor del norteamericano, Sánchez ha logrado detener la caída electoral de su partido, el PSOE, como muestran las encuestas. Por cierto, los socialistas siguen siendo superados por el Partido Popular y todo indica que perderían las elecciones generales (están programadas para mayo de 2027). Pero, aun así, el gobernante —acosado internamente por escándalos que involucran a su círculo más cercano, incluida su mujer— logra utilizar la coyuntura internacional en beneficio de su supervivencia política.
La apuesta de Sánchez trae inevitables recuerdos de la estrategia que en Chile asumiera el expresidente Gabriel Boric, quien, en medio de la impopularidad de su gobierno, aprovechó cuanta ocasión tuvo para proclamar que “Trump representa todo lo que rechazo” e intentar así perfilarse como un líder capaz de plantarle cara a Washington, sin importar los costos que ello trajera para el país. Tanta es la coincidencia, que esta semana el mandatario español será el anfitrión en Barcelona de una nueva versión de la cumbre “Democracia siempre”, el mismo encuentro que el año pasado encabezara Boric en Chile y que en buenas cuentas fue una reunión de gobernantes de izquierda, abundante en frases altisonantes y declaraciones de superioridad moral. En Barcelona, los participantes serán casi los mismos que en Santiago (se agregará la mexicana Claudia Scheinbaum) y hasta Boric estará como invitado, pero además Sánchez aprovechará de liderar otra reunión de nombre ambicioso, el encuentro de la Global Progressive Mobilisation, donde participarán líderes y organizaciones de izquierda de distintos lugares del mundo, incluida la exsenadora Isbel Allende (PS), de Chile. Antes de llegar a la Ciudad Condal, el gobernante español habrá concluido la visita que está realizando a China, la cuarta en cuatro años, otra expresión de la misma apuesta por proyectar una imagen de líder internacional que apuntale su posicionamiento interno.
Pero la contracara de todos estos despliegues de Sánchez está teniendo lugar en estos mismos días en Madrid, en dos escenarios judiciales. Por una parte, el juez Juan Carlos Peinado, que investiga a la mujer del gobernante, Begoña Gómez, ha pedido la apertura de juicio contra esta por cuatro delitos; entre ellos, el de tráfico de influencias. Y, por otra, en el Tribunal Supremo siguen las audiencias del caso Koldo, una trama de corrupción que involucra a algunos de los más estrechos aliados políticos de Sánchez, incluido su exministro José Luis Ábalos.
Frente al caso de su mujer, el gobernante ha recurrido al victimismo como discurso, denunciando campañas de odio y desinformación; en cuanto a sus excolaboradores, en cambio, la reacción ha sido declararse decepcionado y marcar distancia, rehuyendo asumir cualquier responsabilidad política, pese a la férrea relación que llegó a tener con ellos. La paradoja es evidente, si se recuerda que hace una década el mismo Sánchez construyó su ruta al poder denunciando hechos de corrupción que involucraban al Partido Popular y reclamando al entonces presidente del gobierno, Mariano Rajoy, asumir responsabilidades. Más aún, ironías de la política, el ahora enjuiciado Ábalos fue el vocero de la moción de censura que hizo caer a Rajoy y que permitió al líder socialista instalarse en la Moncloa.
Probablemente, en las reuniones de Barcelona nadie hablará de aquello ni de cosas que incomoden al presidente del gobierno español o a otras figuras del sector (por ejemplo, Gustavo Petro) que enfrentan problemas similares. Pero justamente esa actitud es la que termina echando por tierra la credibilidad de una izquierda internacional que levanta discursos morales contra sus adversarios, pero relaja impúdicamente los estándares cuando se trata de juzgarse a sí misma. Con ello, las invectivas contra Donald Trump —por justificadas que sean— quedan reducidas a un mero ejercicio oportunista.