Señor Director:
Tenía 15 años cuando llegué a Auschwitz. En solo minutos, me separaron de mi madre y mi hermano menor. Existían dos filas que decidían el futuro: una era para seguir viviendo un tiempo más; otra, para morir. Mi madre no soltó a mi hermano. Se quedó con él para protegerlo. Sin saberlo, eligió morir a su lado. No hubo despedidas. Solo un gesto y todo terminó. Nunca volví a verlos.
Estuve en dos campos: Auschwitz y Bergen-Belsen. Vi humo salir de las chimeneas y entendí lo que significaba: personas convertidas en cenizas. Vi cómo se borraban vidas enteras. Me obligaron a clasificar la ropa de quienes aún creían que iban a ducharse. Trabajé hasta el límite. El hambre no solo duele: transforma. Pero el instinto de sobrevivir puede más que todo.
No fui especial. No fui más fuerte. Sobreviví, nada más. Y eso basta para cargar con una responsabilidad: contar lo que pasó.
Cuando terminó la guerra, no tenía a nadie. Más tarde, la Cruz Roja me ayudó a encontrar familiares en Chile. Aquí empecé de nuevo. Reconstruí mi vida. Aprendí a reír otra vez. Pero nunca dejé de recordar. Recordar no es quedarse atrás: es evitar que la historia se repita.
Hoy, a los 97 años, en Yom Hashoá (Día del Holocausto), recuerdo y honro a mis seres queridos asesinados. Pero también sé que esto ya no es solo mío: es una memoria que le pertenece a toda la humanidad. Y cuando escucho odio o negación, entiendo que todavía hace falta hablar más, contar, recordar. No para dar pena, sino para que haya conciencia.
Sobreviví. Y esa es mi respuesta: después de todo, viví, amé y formé una familia.
Nunca más.
Marta Neuwirth
Sobreviviente del Holocausto (última sobreviviente chilena de los campos de concentración)